|
Quizá alguno de ustedes ya tiene algo en mente que podrá ser la panacea del siglo XXI, y no quiero ser aguafiestas... pero los chinos lo harán más barato.
¿Qué hacer entonces? Creatividad y diferenciación. Algo único que nos distinga, y que sea ventaja competitiva.
He aquí la siguiente MerkAventura:
Una de las cosas más impresionantes que le pueden suceder a una pequeña niña de siete años, es el ser mordida por un camello. Tal vez existen miles de personas que hayan sido mordidos por un perro, gato, víbora o alacrán.
Pero a mí... me mordió un camello.
Mis primos y yo siempre tuvimos de pequeños, ese instinto de exploradores. Por cuatro cuadras a la redonda de nuestras casas, conocíamos todos los techos y lotes baldíos, cada piedra y cada rama de árbol, así como las épocas en que los árboles de los vecinos daban los mejores mangos, ciruelas, naranjas, mandarinas y guayabas (era preciso también, conocer los territorios menos conflictivos para hacer los cortes de fruta).
En una ocasión nuestros recorridos matutinos y de verano, nos llevaron al Circo Atayde, que se había instalado a pocas cuadras del vecindario. Los animales estaban a la vista y decidimos acercarnos a todos. Las fieras estaban en su jaula, donde esperaban impacientes la llegada de su banquete. Los elefantes tenían un festín, y se estaban dando un baño de tierra, cubriendo cada una de las grietas de su piel. Las cebras asustadizas dejaron una nube de polvo que nos cubrió por completo. Finalmente llegamos a un lugar donde estaban los camellos. Uno de ellos permanecía sentado, mientras nos miraba con ojos de desértica sabiduría.
Mi primo se acercó y el camello se mostró afable. Dio unos cuantos pasos más y le acarició la nariz. Mis ojos se desbordaban y no daban crédito a semejante acto de valentía. Él se volvió con su pecho hinchado de orgullo. En cuestión de nanosegundos y con mi carácter desafiante dije "yo también quiero tocarlo", pero en cuanto me acerqué hizo un brusco movimiento, abrió su bocota y mordió mi pierna.
Fue tanta mi impresión, que el circo entero empezó a darme vueltas. El grito que di antes de caer al suelo, retumbó como explosión volcánica. Corrieron en ese momento hacia mí alrededor de 10 personas y desconozco si eran payasos, trapecistas o domadores. No hubo sangre ni huesos rotos, simplemente alrededor de cincuenta centímetros de pierna babeada. Yo quedé a punto de la convulsión (primero del susto y después del asco). En cuanto me pude parar, mis primos me llevaron a mi casa. Sólo recuerdo que iba como autómata, con mis pantalones cortos y una pierna ensalivada; nulos fueron los intentos por mantenerla lejos.
Veintitantos años después, he tomado este incidente con mayor sabiduría. Todo este tiempo, ha sido una ventaja competitiva el hecho de que a los siete años, a mí me mordió un camello. Siempre que empiezan a contar historias o experiencias con el mundo animal, yo sé que tengo mi guardadito. Mi historia es diferente, y es lo que la ha mantenido viva por todos estos años.
|