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Gina Lugo

Isaías mordió mi carro

En toda empresa se deben atender situaciones internas y externas. Es común encontrar aquéllas que centran su atención hacia afuera. Se preocupan por saber todos los detalles del mercado, las acciones de la competencia y las preferencias del cliente. Creen que al tener un conocimiento profundo de lo que ocurre afuera, será más fácil controlarlo y tener ventajas competitivas.



El problema surge cuando el enemigo se encuentra dentro, y por no atender ciertas señales internas, se viene una avalancha incontrolable con la que se pierde tiempo, dinero y esfuerzo.

Vámonos pues, a la siguiente MerkAventura:

Soy foránea que vive en Monterrey. Durante las vacaciones de Navidad, o cuando salgo por periodos largos, me gusta dejar mi auto en un lugar seguro.

Diciembre pasado no fue la excepción. Debido a que me ausentaría tres semanas, acepté la invitación de una amiga para guardar mi carro en la cochera de su casa. Antes de darle el SI y sin que ella lo supiera, ponderé todas las variables para considerar la opción como buena:

1. Cochera techada. Es importante proteger la carrocería de las inclemencias del clima de Monterrey, ya sea de esos granizos que caen como ráfaga de cuerno de chivo, o de la mezcla de lluvia ácida y polvo.

2. Reja protectora. Frontera que separa y aleja a mi coche de vándalos o estudiantes que lo quieran convertir en sofá.

3. Casa con alarma. Cualquier movimiento en falso de algún ladrón, o sus intentos de convertir mi batimóvil como el transporte de la fuga, se verán mermados por el sonido nada agradable de sirenas antiasaltos, y de la mítica presencia de policías atentos al deber.

4. Perro guardián. La omnipresente existencia de "Isaías", un mastín napolitano de ochenta kilogramos, con fauces de dragón y cuya cabeza me llega al "masiosare" (altura del saludo a la bandera), puede ser motivo de que cualquier valiente diga "safo".

Contenta por la sabia decisión, emprendí mi viaje. Mi amiga también salió y ambos carros se quedaron en su casa.

Mientras yo disfrutaba de la playa y de un sol radiante con brisa fresca, Monterrey pasaba por una onda gélida y neblinas como las de Avalon.

Regresé feliz y con pila cargada a principios de enero. Del aeropuerto me fui directo a recoger mi carro. "Isaías" me reconoció al instante, pues su rabo ondulaba con singular alegría. Yo siempre le tuve respeto a la fiera, ya que jugar con el animalito implicaba convertirse en gladiador, además que era necesario cambiarse de ropa al finalizar el juego, pues su eterna baba quedaba estampada en derredor.

Al acercarme a mi auto, observé el cofre con una superficie nada regular. Prendí la luz y de inmediato sentí como si un yunque cayera en mi estómago. ¡Cómo era posible! ¡Mi auto estaba destruido!

El cofre mordido de la parte de enfrente, parecía origami recién desbaratado. El resto de esta pieza estaba rayado por sus uñas, las polveras tenían una combinación de simétricas mordidas y una especie de lodo acumulado, producto de la revoltura de saliva canina con polvo de tres semanas. Al menos recuperé el borreguito, emblema distintivo de la marca (bueno, en treinta y cinco partes).

El muy ingrato cuerpo del delito, en lugar de salir huyendo antes de que yo cometiera perricidio, tomó su plato vacío y lo puso a mis pies. Después con la pata lo movía en el piso como si dijera "échale, échale".

Conté hasta mil. Respiré profundo y bajé el aire al abdomen, lo retuve para luego sacarlo por la boca (¡juro que bufaba!). Me hacía cocowash: "calma (inhala), fue un accidente (exhala), no te enojes (inhala), no le pegues (exhala), está más grandote que tú (inhala)..."

Mi amiga llegó al poco rato, ella había estado fuera y no pudo evitar el ataque. Cuando me puse en la tarea de reconstruir los hechos, la primera pregunta fue ¿por qué? Este maldito animal algo quería sacar. Abrí el cofre y me fui para atrás. ¡El motor estaba lleno de croquetas de "Isaías"!

¡Claro!, si dejé mi auto frente del plato del cachorrito, algún roedor de la calle se dio cuenta que el carro estaba parado y sin prenderse. Empezó a robarle comida a "Isaías" y la metió al motor. El perro enfurecido trató por todos los medios de exigir la devolución de lo robado. El bandido no se entregó y "mandibulín" decidió extraerlo a como diera lugar y así empezó la destrucción.

Los dioses del Olimpo son grandes y mi amiga es una persona muy precavida. Gracias al bendito seguro de casa que tiene, todos los daños que causó el can fueron cubiertos sin costo para mí. Los ajustadores se pelearon por cubrir el siniestro. Le tomaron foto al auto y al perro. Una foto más de mi amiga con "Isaías", para que se vieran las dimensiones reales (claro que ayudó que ella apenas mide un metro con cincuenta centímetros).

En el taller también causó sensación el siniestro. Los pintores y carroceros dejaron a medias los BMW y Mercedes Benz que atendían en ese momento, por ser parte del equipo reparador del vehículo mordido por un perro.

Han pasado ocho meses del suceso y en mi carricoche no queda huella (que no, que no). Pero mi sentido común quedó marcado. Desde esa vez, trato de poner más atención a los detalles internos de las empresas. El enemigo puede estar dentro, disfrazado de empleado amable, llamadas inofensivas o papeles sin importancia, pero que mezclado con un estímulo externo, puede detonar una serie de calamidades que un simple seguro contra accidentes no será capaz de cubrir.

Y no hablo de vivir a la defensiva. Sino que existen situaciones un poco obvias que atendidas a tiempo evitan riesgos mayores. Mucho ojo pues con los "Isaías" potenciales.





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Gina Lugo
Es free lance en mercadotecnia

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