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De repente, por desconocimiento del territorio y sus peligros, las organizaciones se ven cercadas y atrapadas en situaciones a las que no le encuentran una posible salida.
Muchas de ellas, después de luchar arduamente mueren en el intento. Otras se salvan por el ingenio de sus ejecutivos y empleados, y otras más quedaron vivas por pura casualidad.
Vámonos pues a la siguiente MerkAventura:
Corría el último mes de mi viaje como estudiante de intercambio en Estados Unidos. Mi hermana americana y yo, aprovechamos los días previos a la graduación del Senior Year, y nos fuimos una semana a la casa del lago.
Ya desde que salimos, fue toda una aventura. Yo traía los ligamentos desgarrados desde la rodilla hasta el tobillo. Así es que con maletas y muletas emprendimos el viaje.
Fue un largo recorrido de diez horas en auto. Atravesamos todo el estado, paramos a comer más de cuatro veces y conocimos cerca de ocho baños. Hicimos una pequeña desviación y visitamos la casa de los abuelos, cenamos con ellos y seguimos el viaje.
Finalmente y a altas horas de la noche, entramos a un espeso bosque, con camino de terracería. No había luz más que la tenue iluminación que emitía la vagoneta Volvo color naranja y modelo setenta y nueve, que mi sister manejaba con destreza. Señalamientos amarillos de venados fueron insuficientes para mostrarnos la gama de animales que nos íbamos a encontrar.
Después de perdernos unos veinte minutos, donde mi hermana gringa me hacía caras de what cada vez que yo cantaba "en el bosque, de la China...", llegamos por fin a la cabaña.
Fue muy poco lo que pude apreciar en ese momento. Era una noche sin luna y el foquito "firris" de la terraza no ayudaba mucho. A como pude y con la pierna un poco inflamada, llevé mis cosas al cuarto, llenamos el refrigerador con los alimentos de la semana y nos pusimos a platicar hasta altas horas de la madrugada.
Al despertar a la mañana siguiente, salí en pijamas a la terraza y me recibió un espectáculo maravilloso. Estábamos a escasos metros de la orilla de un lago enorme, quieto y cristalino, el segundo más grande del país después de los Grandes Lagos. La cabaña estaba rodeada de bosque y los vecinos más próximos estaban a unas cinco millas. El olor a pino y bosque húmedo todavía lo tengo en mi nariz, y es cuestión de cerrar los ojos para traer al presente ese intenso aroma.
Abandonada en disfrutar ese momento, me vi interrumpida por un sonido que inició con un fa menor. Era mi sister, que con su sexy pijama de vacas, iniciaba sus largar horas de práctica de su instrumento favorito: el french horn, o cuerno francés. Digo favorito porque además toca el piano, el clarinete y la guitarra.
Los días pasaron de manera sencilla. En la mañana después del desayuno, ella se quedaba practicando su música por varias horas, y yo me iniciaba en las grandes aventuras caminando y conociendo los alrededores. Las muletas cada vez las necesitaba menos, así es que poco a poco sentía la recuperación.
A medio día, ya que el sol calentaba un poco el ambiente, nos bañábamos con agua fría del lago. La falta de gas y agua caliente en la cabaña, obligaba a cambiar la ducha por cubetazos. Esta era la parte más odiada y morada del día, pues yo quedaba con un tono azul-violeta después del baño.
Por la tarde nos íbamos en la balsa inflable, a pasearnos por el hermoso manto acuático. En dos ocasiones nos fue bien en la pesca y el abuelo, que llegó a los tres días, nos preparó una deliciosa cena con el botín.
Era ya como el quinto día, y mi pierna casi no me dolía. Así es que decidí aventurarme un poco más bosque adentro. Mis ojos se maravillaban de ver esos enormes pinos, que celosos y arrogantes le cerraban la entrada al sol. Mis sentidos se engolosinaban con los aromas, texturas, hojas húmedas y ruidos que a mi paso encontraba.
Habrían pasado unas dos horas de caminata, cuando decidí regresar. He de confesar que me costó trabajo encontrar el camino de vuelta, ya que no soy muy orientada en esos menesteres.
Volvía feliz y con la pierna un poco cansada, cuando vi que a escasos doce metros, estaba ¡un oso! ¿Dije oso? ¡Era un OSOTE! De los de verdad. De los que salen en las películas. De los que persiguen a la gente y terminan haciéndola trizas con sus uñas o asfixiándola con un abrazo de... ¡oso!
Quedé inmóvil. Estupefacta. Mis piernas se derretían como hielo en el desierto. Mi corazón parecía tambor batiente. Mi mente trataba de encontrar una solución. No podía correr, había dejado las muletas y no traía con qué defenderme. El mismo problema de la pierna no me dejaba trepar un árbol. La cabaña quedaba a una hora de distancia. Si gritaba mientras el oso me destazaba, nadie me iba a escuchar. ¡Mamáááááá!
No quería hacer ruido, ni siquiera respirar. Pero... ¿y si el plantígrado olía la existencia cercana de un humano? Tragué saliva y decidí esconderme detrás de un árbol que estaba frente a mí. Pasaron quince minutos y yo seguía inmóvil, gritando con los ojos. Finalmente decidí asomarme.
El animalote ya no estaba, pero ahora la pregunta de los sesenta y cuatro mil era... ¿y dónde está? Tardé otros diez minutos en animarme a dar unos pasos. El camino estaba despejado. Pero... ¿y si me salía de entre los árboles? ¿Qué iba a hacer en ese momento? No tenía escapatoria. O me acercaba a la cabaña o moría en un duelo de abrazos.
Fue la hora más larga de mi vida. Mi cabeza parecía ventilador de pedestal, volteando para todos lados. Trataba de hacer el menor ruido posible, pero creo que mi corazón se escuchaba por muchos metros a la redonda.
Cuando finalmente empecé a ver a lo lejos la cabaña, sentí unas ganas enormes de correr, pero mi pierna inflamada apenas podía caminar. Al entrar al refugio, mi sister se asustó mucho al verme tan pálida y con los ojos desbordados. Mi boca no podía articular palabra y no recuerdo en qué momento le conté todo.
Los días restantes, decidí evitar mis largas andanzas. Cada mañana me veía entera y sin un rasguño, así que prefería caminar por la orilla del lago, con la casa a la vista y deleitándome del sonido de las notas provenientes del french horn.
He contado esta historia muchas veces, y no dejo de pensar en todo lo que planeamos para que fuera el viaje perfecto. Por desconocimiento del territorio con todas sus especies, puse en riesgo mi vida.
Tuve la suerte de que el peligro se convirtiera en historia. Así como las empresas que se salvan por casualidad.
La audacia no siempre da buenos resultados. Es preferible hacer una detallada planeación estratégica, para conocer el medio ambiente y sus amenazas.
¿O acaso también quieres tu oso?
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