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Los índices de depresión crecen por casi todo el mundo. Hay países que tienen estadísticas detalladas del fenómeno y se conoce el problema abiertamente, pero hay otros en donde la depresión está encerrada en el clóset, ignorada, escondida.
Una analogía sería el Viagra. En un principio cuando se lanzó al mercado, se subestimó la demanda porque a la luz del nuevo medicamento aparecieron otros hombres - que no encajaban con el perfil típico- en busca de solución; sufrían en silencio, como en la depresión.
La cultura latinoamericana inhibe el que alguien admita que la padezca por el temor de aparecer débil. Y parece que a los japoneses les pasa algo parecido.
Una cultura tan estoica como la japonesa, lidia con los prejuicios alrededor de los padecimientos mentales. Los que se animan a combatir de frente la depresión y atenderse, son verdaderos pioneros.
Por el contrario, hablar de este problema en Estados Unidos es común. Como el tema es más abierto que México y Japón, es más fácil de diagnosticar y de medir: uno de cada ocho americanos padece de depresión por lo menos alguna vez en su vida (en nuestro país las estimaciones andan -según la fuente- entre el 10% y el 20% de la población).
Siguiendo con EUA, en 1992 se hacían 12 millones de prescripciones médicas de Prozac, para el año 2000, el número de prescripciones ascendió los 25 millones. Un crecimiento similar tuvieron las pastillas Zoloft, Paxil, Celexa y Wellbutrin.
La autora del libro Prozac Nation, Elizabeth Wurztel, se hizo famosa y millonaria y dentro de poco saldrá la película. Fenómenos como estos contribuyen a que la depresión tenga una mística cercana a la cultura pop.
Mientras que los antidepresivos fueron introducidos en Estados Unidos alrededor de 1987, en Japón iniciaron apenas en 1999. Los más baratos -que predominan en Estados Unidos-, serán introducidos en Japón hasta el año 2004 (en México tomar Prozac es casi un lujo, no sólo por el costo, sino por las implicaciones de terapia que conlleva).
Quizá por esto Japón tiene más suicidios que los Estados Unidos a pesar de que son la mitad de habitantes. Hay treinta mil suicidios anuales en Japón y para países como el nuestro, resulta impactante que naciones desarrolladas, donde prácticamente no existen pobres ni analfabetas, anden tan mal.
Según el New York Times, un famoso psiquiatra japonés -Tadashi Onda- asegura que la mitad de sus pacientes padecen de depresión. Otro médico, éste geriatra, asegura que el 70% de sus pacientes padecen de depresión. Los japoneses siguen insistiendo en ir con doctores de acuerdo al órgano con el que perciben tienen problemas, pasando por alto el enfoque integral y la irrefutable estadística de que la mayoría de los padecimientos físicos tienen un componente inicial psicológico -psicosomático-. Pero la reputación del psicólogo o psiquiatra sigue siendo la del loquero.
Da vergüenza aceptar que se está deprimido. La vergüenza es un carácter cultural de Japón, donde el honor y el prestigio van primero que la persona. La reverencia a las instituciones y al establishment -que empieza a cambiar con los jóvenes- invita al auto sacrificio. Basta relacionarlo con las palabras kamikaze -donde el piloto estrella su avión con él abordo- y el harakiri, técnica de suicidio utilizada por los samuráis para evitar la vergüenza de una derrota o mala conducta.
Esta actitud hacia la depresión pudiera dar la impresión de que la población se está haciendo un harakiri en forma masiva, antes que verse atrapada en la mala reputación de "no estar bien de la cabeza".
Este tema cultural japonés pudiera recordar las tesis de Santiago Ramírez y Octavio Paz, donde el mexicano tiende a ser un sujeto "macho, que no se raja", y que demuestra ciertas conductas pasivo agresivas contra otros y hacia él mismo. ¿Depresión, yo?
¡Qué te pasa, guey!
Las empresas empiezan apenas a explorar el costo tan grande de ignorar la faceta humana de la persona, y de verla tan sólo como un insumo más de producción.
La compañía Sony, por ejemplo, se vio afectada por las incidencias de suicidios y depresión entre sus ingenieros y directores. Hace tres años, la compañía empezó un programa preventivo de salud mental para 18 mil empleados, ofreciendo consultas confidenciales. Los resultados han sido bastante favorables.
Como todos los problemas, el primer paso es reconocer que existe. Hay represión, ignorancia, falta de sensibilidad, valores encontrados, y secrecía.
Un ejecutivo mexicano que trabaja en un corporativo estaba apanicado de que la compañía supiera que estaba tomando medicamentos antidepresivos, y peor aún, ni siquiera su esposa e hijos lo sabían. Como si se tuviera la peste o algo peor.
Hay diversos métodos para curar una depresión, entre otros: religión, ejercicio, acupuntura, homeopatía, dieta, etcétera; hasta barridas y hay quién pueda llegar a los exorcismos. Y aquí, cada quién. Según la persona y su formación, será más propensa a utilizar un método u otro. La cosa es que le funcione.
El ISO 9000 y todas sus variantes hablan de certificar a empresas; ¿pero quién certifica a las personas?
La competitividad de un país y de las empresas, empieza con la competitividad personal.
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