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El Guerrero en el Líder

Son tiempos difíciles en México. El crecimiento está mermado, el mercado amarrado, los ánimos grises. Y ahora ¿quién podrá rescatarnos? El Chapulín Colorado. O quizá si volteáramos lo suficientemente hacia el cielo lo veríamos: es una ave; no, es un avión; no, es Superman.



Y buscamos al héroe. Al primero que volteamos a ver es a Vicente Fox: órale Vicente, agarra un segundo aire, vuélvete irreverente otra vez; aviéntate, comete uno que otro error mayúsculo en el hacer -no en el no hacer-. Rompe la inercia y esa trayectoria rara en la que estás, como amordazado, como temeroso, como el que no quiere quedar mal con nadie. La historia ya te ha dado la oportunidad de cambiar al poder político en México, y también te ofrece la de cambiar al poder económico y social.

Dubitativos queremos mirar, hablar y pedirle al Señor Presidente. Dudamos porque no queremos caer otra vez en la figura anacrónica del Presidencialismo que tanto daño nos hizo; pero al mismo tiempo nos negamos a renunciar a tener un líder que nos mueva con audacia hacia el crecimiento, y sobre todo que nos dé una percepción de rumbo, aunque se equivoque.

El Washington Post, el New York Times y otros diarios del mundo parecen recoger lo mismo y redactan la brecha entre la expectativa del héroe mexicano que sacó al PRI de los Pinos, y la sensación que se tiene de su desempeño: de un arrojo que ahora luce moderado, de una afrenta que ahora luce tibia, de una determinación que ahora luce cauta, de una energía que ahora luce baja.

Es imposible cambiarlo todo en un sexenio, pero se puede cambiar mucho, empezando por la psicología del pueblo en función de una expectativa y la posibilidad de una nueva trayectoria.

Los grupos y las naciones buscan al líder para que esboce con claridad un rumbo, el que sea. Como las bicicletas: si no se lleva rumbo y dirección, se tambalean y se caen.

Guillermo Ortiz del Banco de México se aventó con sus declaraciones. Dos, tres, quizá cuatro empresarios notables se tiraron al cuello y gritaron basta: que hay cosas que sí se pueden hacer sin que los partidos estén tomados de las manos, que no es justo refugiarse en un no-nos-dejan. Pero el ruido cesó, el impacto no ha trascendido. La transformación espera. La metamorfosis ansía. La mariposa mexicana quiere salir volando, libre, con rumbo.

A nivel macro está la Nación, a nivel micro es un tema de empresa, a nivel social es un tema personal y hasta de familia: ¿cómo cambiar la vibra?

Rosabeth Moss Kanter, de la Universidad de Harvard, pone el dedo en la llaga: las transformaciones exitosas en las empresas (o entidades) primero tienen que ser psicológicas.

Hay patologías organizacionales que paralizan la comunicación, llenan de miedo al personal y generan una vibra densa que aprieta y hasta parece dificultar la respiración.

Si dieron premio Nóbel a científicos que cruzaron la psicología con el comportamiento económico, ¿por qué no tendrá mérito la idea de la psicología de la transformación?

Resultará que ahora lo que nos hace falta es un consultor de vibra, pero yo no conozco a ninguno. Rosabeth Moss podría ser una candidata aunque, como muchos de los gurús del management, es profundamente ignorante de las sutilezas que definen al mexicano.

La respuesta es compleja pero por ahí debe andar. Lo que sí se sabe es que un objetivo común, una amenaza común, o una combinación de ambas, tienden a unir un grupo y le dan sentido y propósito.

Un: ¡Por aquí es, vamos, síganme, órale! Tiene una potencia incalculable.

Y entra la duda otra vez ¿el señor Presidente tiene la respuesta? ¿Es el único que puede ser líder en México?

¿Qué no hay más?

Al caso viene recordar la tesis de liderazgo de Warren Bennis que distingue claramente entre lo que es un administrador y lo que es un líder.

Las cinco funciones clave de un líder según Bennis: la primera es establecer una visión clara y comunicarla -ésta parece ser la más importante- las otras cuatro: reclutar gente meticulosamente; recompensar al talento y al esfuerzo; entrenar constantemente; reorganizar conforme las necesidades.

El administrador administra, el líder innova.
El administrador es una copia; el líder es original.
El administrador mantiene; el líder desarrolla.
El administrador se enfoca en sistemas y en la estructura; el líder se enfoca en la gente.
El administrador controla; el líder inspira confianza.
El administrador se enfoca al corto plazo; el líder tiene una perspectiva de largo plazo.
El administrador pregunta cómo y cuándo; el líder pregunta qué y por qué.
El administrador tiene su mirada en las utilidades; el líder la tiene en el horizonte.
El administrador hace las cosas bien; el líder hace las cosas correctas.

Fox es un líder, sin duda. Pero tiene que seguir avanzando en lo que ya comenzó.
Si Fox me respondiera, me podría decir en su estilo campechano: Horacio, ya no critiques, ponte a trabajar, ubícate en lo tuyo y yo en lo mío; si acaso haz propuestas prácticas, no más teorías.

Y yo le contestaría que no hay nada más práctico que una buena teoría; que trabajo mucho -por lo menos según mi familia-; que ya esbocé mi propuesta en una estrategia burda pero nacionalista y articulada a la que llamé la Serie México, y que estoy seguro que hay en su escritorio muchas más y mejores que la mía.

Pero el tema va más allá, hay que regresar al principio: a vender esperanza al mismo tiempo que se delinea una dirección articulada y tangible para modificar esta percepción de letargo.

Hay que arriesgarse porque siempre habrá oposición, siempre habrá inconformes, siempre habrá cosas políticamente incorrectas. Pero hay que ejercer, no se vale la omisión.

Fox es un líder, sin duda. Queremos ver al guerrero de vuelta.





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Horacio Marchand
Es consultor de empresas y catedrático de la Escuela de Graduados del ITESM

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