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Marymania

Copenhague, Dinamarca.- ¿Qué pasó el 14 de Mayo en esta capital? Adolescentes vestidas de novia –crinolinas, ramos de flores en manos- subiéndose al metro y autobuses; miles de banderas de Dinamarca- algunas de Australia- ondeando en manos de la población; montajes espontáneos de televisiones gigantes en hoteles, aparadores, estaciones de tren, aeropuertos; calles cerradas, elegantes guardias por doquier.



Pero lo más notorio era el espíritu de los daneses: estaba ligero, alegre, entusiasta; la ciudad estaba completamente feliz. Hasta yo, alérgico a tumultos y estoico ante romances de celebridades, me involucré por un momento. Y me atrapé a mi mismo tímidamente ondeando una banderita que me dio una vikinga moderna que las repartía en la calle.

El comercialismo y la dinámica del evento generaron movimientos. El Marriot felicita a través de una publicación en la prensa a los futuros reyes; Seating Concepts, una mueblería, ofrece una promoción especial de boda; los hoteles suben sus precios; el Castillo Rosenborg exhibe vestidos antiguos de las reinas previas; los periódicos sacan suplementos especiales -repletos de anuncios; los cafés, restaurantes y bares suertudamente localizados en las calles de Tolbodgade y Amaliegade, sacan menús especiales y venden sus lugares como si se tratara de oro.

Es que era la boda real de una de las dinastías más antiguas del mundo. Los mexicanos estamos más informados de la boda de Felipe y Letizia en España; pero aprovechando que la coincidencia me trajo a esta ciudad por razones diferentes a la boda, les comparto algunos datos y reflexiones sobre la pasión y la obsesión de las masas por sus ídolos.

Marymania es el nombre que le pusieron a la fiebre de la boda de Mary Donaldson -australiana- con Frederik el futuro rey de Dinamarca. Algunos encabezados en los diarios: "La chica que conquistó una nación", "La princesa que no sabía que lo era", "La simpatía de Mary favorece a la monarquía".

Interesante porque en estos tiempos las monarquías en general no gozan la mejor de las reputaciones: mantenidos, enemigos del mérito, mimados, irresponsables, dicen muchos.

El primero en la lista es Carlos de Inglaterra -el príncipe que nunca fue rey- que para muchos lo tienen castrado su dominante madre, la Reina Isabel -que no abdica a favor de su hijo-, y la Camila con la que lleva años (quizá ésta sea la verdadera historia de amor).

En la misma Dinamarca no quieren al esposo de la reina Margrethe -Príncipe Henrik- porque lo consideran arrogante y con un pésimo dominio del danés.

Hace 32 años las encuestas señalaban que sólo el 42% de la población de este país estaba a favor de la monarquía -con el 40% en contra. Pero ahora las cosas pintan diferente: una reciente encuesta demuestra el nuevo "romance con lo real": el 82% del electorado apoya a la monarquía.

La danesa es una monarquía que tiene más de 1,000 años, y el príncipe Frederik puede rastrear a sus antepasados -en línea directa- por 52 generaciones. Increíble, y yo que no puedo saber si alguno de mis bisabuelos salió huyendo de la justicia o a qué se dedicaban.

En las bodas reales se manifiestan acciones que refuerzan la noción humana-demasiado humana diría Nietzsche- de agrandar y endiosar, a figuras reales, celebridades, artistas, actores, modelos, etc. Y esta fascinación conforma uno de los arquetipos más importantes en la tesis de Carl Jung.

Es que el fenómeno de la fascinación con celebridades es poderoso. Mujeres lloran, histéricas, cuando ven a Bono o a Enrique Iglesias; los hombres "nos enamoramos" en silencio de alguna actriz; los fundamentalistas borran sus propias identidades y se funden con una causa; los adolescentes imitan e incorporan roles y formas de sus ídolos; los locos llegan al exceso y hasta los matan, como lo hicieron con John Lennon.

Los mercadólogos en su léxico le podrían llamar un asunto aspiracional.

Los psicólogos podrían afirmar que ciertas fijaciones pueden funcionar como catalizadores de un proceso en la formación de la personalidad.

Los sociólogos le darán un enfoque de psicología de masas.

Para los patriotas daneses la boda real reforzó el nacionalismo.

Para la sociedad común, se trata de una Cenicienta moderna rescatada por un príncipe, de una Pretty Woman que se flecha a un millonario.

Por otro lado, Eric Hoffer basa una de sus tesis en que la fascinación de las masas con ídolos -o movimientos-, tiene su raíz en el aburrimiento y lo cotidianamente inexplicable de nuestra existencia.

Llevado al extremo, el aburrido, el despistado, el que se siente víctima y atrapado, el que no encuentra respuestas, el que no sabe siquiera las preguntas; todos ellos son terreno fértil para sumarse a movimientos y fanatismos de cualquier índole.

Y en este sustancial grupo -en el que todos participamos en uno u en otro grado, en algún u otro momento- radican las propensiones a las adicciones, al fundamentalismo, al shopaholism (comprar para "sanar") y a la excesiva idolatrización.

Curiosamente esta fascinación -cuidado- también ocurre al revés. Con o sin razón, ahí está Fox apabullado crónicamente por algunos periodistas y ciudadanos; López Obrador, de haber estado en la cumbre hoy enfrenta a la justicia y la desilusión de algunos seguidores; a Martha Stewart la quieren ver muchos tras las rejas por su supuesto delito relacionado a información privilegiada.

Los grandes cuando caen, o no satisfacen las expectativas a veces desproporcionadas e irreales, facilitan a la población elementos de conversación y entretenimiento al igual que cuando están en sus mejores momentos.

Mañana, Felipe se casa con Letizia, y la historia será similar. Banal o no, pero el romance, la posibilidad, el entretenimiento, la fascinación y el alboroto que generan este tipo de eventos, son necesidades tan humanas como la de ingerir alimentos.

Al pueblo, pan y circo.





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Horacio Marchand Flores
Es consultor de empresas y catedrático de la Escuela de Graduados del ITESM

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