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En otra publicación aparece Bin Laden irónicamente señalando con el dedo y urgiendo a los estadounidenses a invadir Irak. Parte del texto: “Adelante. Mándenme una nueva generación de soldados. Sus bombas serán gasolina para el odio que ya se tiene en contra de EUA. Ataquen a Irak. Distráiganse de pelear contra Al-Qaeda. Dividan a la comunidad internacional. Desestabilicen la región; atraigan a Israel a la pelea. Perfecto. Make my day”. Firma: moveon.com y tompaine.com.
Cuando los niños están haciendo rabietas, muchos padres utilizan la técnica de distraerlos con una historia que nada tiene que ver con lo acontecido y lograr que olviden la situación actual. Se pueden utilizar cuentos asombrosos o cuentos de miedo; y algo parecido parece estar haciendo Bush con la guerra de Irak.
Es común que los políticos en el mundo influyan -o exploten- de manera consciente o inconsciente, a los medios de comunicación para influir en su popularidad y/o desviar la atención de temas más profundos.
Incluso hay especialistas que afirman que hasta el mismo ataque del 11/Noviembre no fue realizado por árabes, ni musulmanes, y que Osama Bin Laden ni siquiera existe; que los verdaderos culpables son grupos de choque norteamericanos (hay unos 55 grupos ubicados) que desean derrocar al sistema político y de vida. Estos expertos aseguran que todo este drama es una excusa para conseguir tres cosas: petróleo, petróleo y petróleo. Otros, se enfocan en la gestión política de Bush.
Conviene repasar la posición de la cual viene George Bush Jr.
· Es junior y eso puede pesar. La idea asociada: sino fuera por su Papá, no estaría ahí; este muchacho necesita hacer méritos propios.
· Ganó a duras penas la elección más reñida en la historia de Norteamérica. Incluso en número de votos, fue superado por Al Gore.
· El estado donde se libró la batalla final -Florida- fue justamente donde su hermano Jeb Bush era gobernador, y este hecho matiza de gris a la opinión pública respecto a la imparcialidad del proceso electoral.
· Desde el comienzo del proceso electoral, los feroces medios estadounidenses atacaron -como acostumbran - a Bush, y lograron crearle una reputación de "tonto", porque éste no supo contestar a algunas de sus filosas preguntas. Al dar un discurso en una Universidad, Bush se dirigió a los alumnos promedio diciéndoles que no se preocupen porque, como él, también podían llegar a presidentes. Carlos Fuentes, en un reciente artículo tocante a su capacidad, lo hace pedazos.
Al tomar posesión, Bush entró debilitado y golpeado. De repente, por un terrible incidente, recibe lo que más desea en el fondo un político, el sueño más dorado, la gran ocasión para brillar: una crisis.
Lo acontecido en Nueva York, ofreció una alternativa para que la opinión pública olvidara, por lo menos por el momento, las inconveniencias de Bush. Tras el derrocamiento del Talibán, Bush salió fortalecido. La opinión pública lo apoyó, su popularidad doméstica e internacional creció.
El problema es que parece que le gustó.
El colmo de la vanidad fue un amplio reportaje en la famosa revista Vanity Fair donde en fotos posadas aparecieron la mayoría de su Gabinete describiendo lo que pasó en la Casa Blanca durante esos días de guerra. La cara de satisfacción y orgullo no podía ocultarse; daba un poco de miedo ver esas fotos. Después del triunfo, ¿Y ahora qué?
Con una inercia imparable, y crecido ante el éxito militar y mediático, Bush se dispuso a atacar con palabras, casi como previniendo al enemigo: a Irak y Saddam. ¿Y Osama Bin Laden?
Es preventivo, dice Bush, no correctivo; es por lo que puede ser, no por lo que es. Y luego agrega: "Hussein quiso matar a mi Papá". Y se ha puesto a declarar por doquier y a pedir apoyo a los cuatro vientos.
Este fenómeno de inoculación social (donde se fomenta una resistencia mayor al advertirle al sujeto -o al grupo- anticipadamente lo que se va a hacer) puede tener consecuencias graves. Si la máxima estrategia militar es la sorpresa, Bush y su Gabinete ya le dieron al traste. Hussein ha tenido el tiempo suficiente para cavar una ciudad oculta, movilizar sus recursos y trapos sucios, cambiar de país, ocultarse, mandar a 20 de sus fieles a la cirugía plástica para confundir, hacer un elaborado testamento, darle amnistía a los presos y triunfar, como lo hizo, en un plebiscito que lo ratificó 100%, además de todo lo que se les pueda ocurrir.
Y Bush sigue la misma cantaleta, como si la guerra fuera la única forma de legitimar su presidencia, como si ése sentimiento triunfalista que vivió cuando Afganistán sea lo más preciado del mundo.
Pero, con el poderío militar y los recursos de EUA, si en realidad quisiera eliminar a una persona, lo haría sin problema. Sin que nadie se enterara, sin grandes dramas ni declaraciones: el fondo sobre la forma, la eficacia sobre los alaridos. Así son las guerras asimétricas: infiltrados, espías, sobornos, asesinos, recompensas, soplones, inteligencia; además del lema de "nadie sabe, nadie supo". Es difícil acabar con un cucaracho con un tanque de guerra o con un avión supersónico.
¿Qué gana Bush realmente con su guerra pública y en los medios de comunicación? ¿Qué gana el susodicho Osama Bin Laden? ¿Qué gana Hussein? Los medios a veces se confunden con el fin y las guerras siempre tienen motivos ulteriores.
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