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Quería ser Millonario

Empaqué mis maletas, de un día para otro, y me fui a Nueva York. Eran los tiempos del boom de Internet y se trataba de una convención que ofrecía reunirte con inversionistas, abogados, expertos en tecnología y marketing. El objeto era sacar tu proyecto o empresa punto com al mercado, cotizar en Nasdaq, y/o que te la comprara -a precio de oro- un millonario.



¿Y por qué yo no? Ya iban varios: el de Star Media, uruguayo; el de Patagon, argentino; el de Decompras, mexicano; se habían hecho millonarios en dólares. Le sabían a la onda de Internet y en ocasiones hasta se mofaban de la gente grande que no entendía de eso. 0

Las acciones de empresas de Internet se disparaban como nunca.

¿Y por qué yo no?.

La cita era a las 8 de la mañana. Nos reunimos en un frío muelle de Manhattan, acondicionado para eventos. Estimé que éramos unas 2 mil 500 personas, nos sentaron en sillas incómodas y apretujadas.

Casi nadie hablaba. Se sentía concentración, y sobre todo competencia.

Competencia por atención. ¿Cómo hacerle para que entre las miles de personas presentes, uno de los escasos supuestos inversionistas te atendiera?.

Competencia por lograr que los "expertos" te dijeran si tu proyecto de Internet era viable y tenía posibilidades.

Competencia por un asiento. Divisé uno muy atrás, corriendo, lo ocupé. A mi izquierda un turco, a mi derecha una afro-americana, adelante un finlandés -otro Linus Torvalds, pensé- atrás un canadiense.

Competencia por las donas. Había un comedor donde ofrecían desayuno, pero yo jamás pude poner en mis manos una dona, por la presión del asiento y las filas.

Competencia por capital. Los que estábamos ahí, queríamos lo mismo: hacernos millonarios, tener éxito, hacerla, salir en la portada de alguna revista de negocios, demostrar que sí podíamos, hacer una diferencia; pero se apreciaba difícil entre tantos.

El ambiente pesado, incómodo, tenso.

Empezó el evento: un conferencista, otro, otro, un panel de expertos. ¿Preguntas? Sólo dos o tres, éramos demasiados. A un hindú lo hicieron garras por que se atrevió a la réplica de una pregunta que a su juicio, y al mío, no contestaron: let others speak, you had your chance.

Y otro -que por su acento parecía alemán o suizo- pidió una aclaración, y coscorrón: let others speak, you had your chance.

Y un conferencista abogado de Delaware -donde se concentraron jurisdiccionalmente las punto coms- se ufanaba de que él no tenía tiempo. Que todo mundo le llamaba, que les solicitaba todo por escrito, y que la realidad era que al 90 por ciento de los interesados no les contestaría absolutamente nada, sorry fellas.

Entre la ya caliente masa de jóvenes, un pecoso tomó el micrófono y les dijo a los organizadores que nunca le regresaron la llamada, que envió su proyecto vía mail y copia dura por Fedex, pero sin respuesta.

Uds. ya escucharon abogado, la mayoría no obtendrá respuesta, son demasiadas solicitudes, contestó uno de los organizadores. Tras su comentario -que cayó como patada de mula- le pidió al joven pecoso que volviera a mandar su business plan, pero a otra dirección.

Pero el joven -que parecía, por su pronunciación, de Irlanda, o Escocia-levantó la voz y disparó: para qué demonios nos tienen aquí si no solucionan nuestras dudas antes del evento, ni durante el evento, why in the bloody world should we expect you guys to be of any service afterwards, besides, this is a very expensive seminar.

Silencio. Sin duda debe ser de Irlanda, tiene los pantalones de un guerrillero.

Y luego todos aplaudimos y gritamos: bravo, yeah, yupi, aleluya, voilá, chaisse, stronzo, de todas los lenguajes ahí representados se escucharon expresiones de apoyo a nuestro nuevo líder.

El pecoso siguió de pie, se animó. Los organizadores -en podio arriba, como la corte imperial ante los miles de jóvenes anhelantes, ambiciosos, energéticos- se miraron: el evento estaba a punto de salírseles de control.

Y el maestro de ceremonias le calló la boca a nuestro pecoso líder. Lo sentó. Le pidió que no fuera agitador. Que faltaba un 70 por ciento del seminario, que esperara un poco más. Que fuera paciente.

Abucheos, chiflidos, bbuuuuuuhhh.

Las conferencias siguieron.

En una escapada al baño vi a uno de los organizadores afuera. Hacían fila para pedirle su opinión, sólo unos 25 antes que yo. Lo vi como una oportunidad. Me formé, saqué mi business plan. Tardaba en promedio 3 minutos en despachar. A punto de llegar le dijo al que iba delante a mí: mal, muy mala idea. Disculpa que sea tan honesto, pero nadie la va a financiar.

Llegó mi turno, le enseñé un resumen de una hoja del business plan. Me escuchó, me miró, y me sentí que estaba frente a San Pedro en el cielo juzgándome y a punto de decirme el destino de mi siguiente vida.

Me hizo un par de preguntas y con poco entusiasmo me dijo: mmmm, okay, mándamelo por mensajería. Me recordó que no esperara una respuesta.

Me sentí entre feliz y humillado. Desanimado me fui del lugar. Bye.

La hice de turista al día siguiente y regresé a México.

Envié mi business plan del cual nunca recibí respuesta.

A los 4 meses, el Nasdaq se desplomó. Empezó la desbandada. La capitalización de las empresas conocidas cayó entre 90s y 95s por cientos. Se perdieron billones de dólares. Fue un caos. Se desinfló la burbuja. La exuberancia se aplastó.

A pesar de todo, Internet seguirá cambiando al mundo y seguirá presentando oportunidades, pero no como lo creíamos, no a ese paso, no con esos formatos irracionales.

Fue buena la ilusión. Fue una lección mejor. Sigo queriendo ser millonario, aunque ya no en dinero. Pero allá en el fondo de mi ser, persiste la ilusión de pegarle en serio. Sólo que ahora es una ilusión amainada, controlada, y sobre todo ecuánime. Quiero pensar que esto es bueno.





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Horacio Marchand
Es consultor de empresas y catedrático de la Escuela de Graduados del ITESM

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