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Después de todo... Es Disneylandia
Luego de hacer una interminable fila para entrar, de pasar por el escrutinio de varios agentes de seguridad, de entregar los boletos y de recibir un mapa, finalmente estuvimos frente al castillo de Disney.
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En ese momento todos los recuerdos de mi infancia me hicieron taparme los ojos en un intento fracasado por disimular el llanto de emoción. ¿Cursilería? Quizá, pero ese estado emocional parecido a la hipnosis y las bocas abiertas de mis niños me convirtieron en presa fácil.
En una especie de deja-vu nos encontramos inmersos todos los adultos que no dejábamos de sonreír mientras caminábamos las pintorescas calles de Magic Kindom en Orlando, Florida. La música de fondo, los personajes paseando y saludando a nuestros pequeños, el paseo "It´s a small world alter all" con la representación de todos los niños del mundo, el famoso desfile de los personajes y la tradicional noche iluminada por los fuegos artificiales nos llenaron de nostalgia.
Los tiempos han cambiado y si nos detenemos a hacer una comparación recordaremos que en nuestra infancia entrar a un parque de diversiones era sencillo, al menos yo no recuerdo haber visto que un policía uniformado revisara el bolso de mi mamá antes de entrar… pero tampoco recuerdo que hubiera una enfermería en donde (gracias a Dio ) le bajaron la fiebre a mi niña agripada. En esencia parece que Disney hubiese capturado una magia especial desde hace décadas y la reviviera ahora para nuestros pequeños.
Debo confesar que a pesar de ser una de las mamás más emocionadas no pude dejar de alertar mis sentidos de mercadotecnista y me pareció interesantísimo analizar la excelente calidad de servicio, planeación de ventas, aprovechamiento de las ocasiones de consumo y en fin… Disney es sin duda mágico, como lo es su estrategia de mercadotecnia.
Primero que nada es importante aclarar la postura del consumidor. Me atrevo a decir que cuando se planea ir a Disney luego de buscar las opciones más económicas según el presupuesto, uno asume la postura de no preocuparse más y estar dispuesto a disfrutar conciente de que eso implica gastar quizá más de lo normal.
Pero vale la pena porque Disney es una experiencia que durará toda la vida y para prueba estamos nosotros que llegados los treintas y cuarentas aun recordamos nuestro primer encuentro con Mickey Mouse. Ellos lo saben y lo aprovechan en cada momento, después de todo el parque de diversiones ofrece y somos nosotros los que elegimos, mejor dicho nuestros hijos.
Pero ¿cómo vamos a negarles el muñeco de peluche gigante de Mickey Mouse cuando acaban de estrechar su mano y sonreír como nunca habíamos visto?, ¿cómo podemos decirles que no compraremos el libro de autógrafos (más caro que hayamos visto en la historia) cuando están los personajes esperando en el lobby del hotel para firmales?
Es una realidad, estamos cautivos en un mundo de magia en el que tenemos que asumir la responsabilidad de haber planeado un viaje tan especial e inolvidable y después de todo nadie nos obliga. Prueba de esto es que varias familias llevaban sándwiches hechos por ellos para no comprar las deliciosas (pero sumamente costosas) hamburguesas. Pero por ejemplo en el desayuno… ¿cómo negarles el waffle de forma de Mickey Mouse? Y ¿cómo convencerlos de que un waffle sabía igual independientemente de su forma?
Sin duda alguna este viaje fue inolvidable para todos nosotros, en especial para mi esposo cuando llegó la cuenta de la tarjeta de crédito. Pero los niños no lo saben, para ellos haber conocido ese mundo de magia con la bendita ignorancia de pensar que eran niños especiales (gracias al personal excelente y al servicio inigualable) y no simplemente consumidores potenciales, vale todo el oro del mundo.
¡Felicidades Disney!
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