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Madrugando en vacaciones

Si bien en cierto que uno decide tomarse vacaciones para descansar, también lo es el hecho de que se tienen que tomar todas las medidas para lograr ese objetivo final… pero poner el despertador a las seis de la mañana ¿vale la pena?



El primer día de nuestra estadía en Aruba estaba segura que no valía la pena madrugar la mañana siguiente para apartar una de las palapas de la playa. “Venimos a descansar” dije asumiendo que todas las personas harían lo mismo que nosotros… pero me llevé una gran sorpresa.

Habíamos terminado el delicioso desayuno buffet, incluso habíamos tenido el atrevimiento de tomar una segunda taza de café mientras nuestros hijos perseguían las extrañas especies de iguanas curioseando alrededor del restaurante de playa.

"Será mejor que vayamos pidiendo las toallas," comentó mi esposo ante la amenazante marcha de huéspedes como sonámbulos cargando apresurados las toallas azul y blanco hacia la playa. Eran escasamente las ocho y treinta de la mañana cuando nuestro nerviosismo se hizo insoportable y mi esposo decidió adelantarse para apartar una de las numerosas palapas. Corrimos con suerte, encontró la última palapa desocupada, en la esquina más alejada de la playa y con las hojas de palma casi al ras del suelo… pero ofreciendo siquiera la tan codiciada sombra en medio del irradiante sol caribeño.

Pasamos el día felices. Por lo menos encontramos un sitio para poder resguardarnos del sol, pero mi hernia discal en la base de mi espalda me advirtió que no estaba dispuesta a seguir sufriendo cada vez que intentaba entrar a la sombra, el techo de la palapa parecía haber sido construido para albergar una familia de enanos… y vaya que nosotros no somos muy altos que digamos.

La gota que derramó el vaso fue la insistencia de mi hija que me preguntaba ¿por qué la mamá de mi amiguita tiene una palapa frente al mar? No había remedio, tendría que hacerlo….

El día siguiente abrí los ojos quince minutos antes de las siete. Definitivamente no lo haré, pensé. Pero poco a poco se fueron colando alrededor de la ventana los primeros rayos del sol pronosticando la intensidad del calor del nuevo día. De puntas me salí de la habitación, sin poder evitar sentirme un poco irritada por tener que suspender mi sueño en medio de mis vacaciones para separar una palapa. Cuando llegué al sitio en donde entregan las toallas me quedé estupefacta. Eran las siete en punto y había una fila de más o menos quince personas afuera de ventanilla.

"No puede ser," dije entre dientes sin evitar ser escuchada por el lagañoso huésped frente a mí que seguramente trataba de complacer a su esposa. "¿Es increíble no es cierto?" me preguntó tallando sus abultados ojos. "Dicen que en semana santa la fila para separar una palapa comienza desde las cinco de la mañana…"

Estuve esperando como por media hora, mientras veía el simpático e inusual comportamiento de todos los que como yo habíamos sacrificado lo más sagrado en las vacaciones, el sueño. Pero entonces, entre bostezo y bostezo el señor que estaba frente a mí me dijo una frase que me hiciera comprenderlo todo. "Me alegro mucho de que exista un sistema que nos permita apartar las sombras de la playa, por lo menos tenemos la opción de elegir."

Opción de elegir… eso es lo que todos como consumidores buscamos. La libertad de elección entre dos alternativas muy claras, para este caso. Despertarse temprano y escoger en el curioso mapa de la playa cuál palapa elegir, o dormir placenteramente y achicharrarse el resto del día bajo el incandescente sol playero. Más tarde mientras saboreaba una piña colada y mis hijos construían un castillo de arena a la orilla del mar, a sólo unos pasos de la palapa me di cuenta que había valido la pena madrugar. ¡Brindo por la libertad de elección!





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Marcela de la Maza
Graduada del ITESM, Campus Monterrey en Diciembre del '93 de la carrera de Licenciado en Mercadotécnia

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