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E sta reflexión nació de mi última visita al salón de belleza. Este magnífico mundo en donde se entretejen chismes, cuentos, pláticas simples y verdaderas confesiones pero cuya gravedad se aminora… quizá por el adormecimiento que causa el zumbido de los secadores o quizá por los efectos de los potentes olores a químicos.
En fin, nunca había yo entendido las propiedades terapéuticas que tiene este tipo de establecimientos en donde definitivamente el concepto de negocio debe ser mucho más allá que proporcionar belleza.
La primera vez que fui al salón, me atendió una mujer de aproximadamente cuarenta años, muy amable y quien me trató como una princesa mientras me arreglaba las manos. Su plática era cálida y como yo estaba recién llegada al país me resultó placentera esa primera experiencia en el salón. Cuando me despedí de ella, me dijo que me esperaría la próxima ocasión en la que fuera al salón. Le agradecí su servicio y le entregué una buena propina por el servicio de manicurista.
Cuando volví al salón de belleza, casi un mes después me recibió una mujer que yo recordaba haber visto, pero no estaba segura. Se acercó a la puerta y me preguntó casi antes de saludarme que si me haría las manos. En realidad yo iba a cortarme el pelo pero la idea de relajarme un rato y consentirme me pareció atractiva. Le dije que sí. Inmediatamente sacó una libretita que llevaba dentro del bolsillo y me hizo firmarle junto a un número que yo sería la siguiente persona en atender. Pensé que era una especie de sistema para no confundirse y atender a la clientela por orden de llegada; pero en realidad era una especie de sentencia.
Me senté un momento, tomé una revista y comencé a despejarme un rato de barullo cotidiano… hasta que alguien me saludó amablemente. Era la mujer que me había atendido la primera ocasión y que me preguntaba si me haría las manos. Le contesté que sí y en ese momento llegó la mujer de la libretita para enseñarle como quien enseña una prueba de crimen en un juicio, la libretita con mi firma. No sé porque, pero yo misma sentí una angustia de ver mi firma entre las muchas otras firmas que esta mujer había recolectado dentro del salón antes de que la otra manicurista se percatara de esto. La primera manicurista me sonrió, con una especie de tristeza como si la hubiera traicionado… ¿qué es esto? Me pregunté a mí misma. ¿Acaso tengo yo la culpa de que esta persona me haya ofrecido primero su servicio?
Si bien es cierto que todos los vendedores (en este caso manicuristas) tienen derecho a ganarse sus propios clientes, esto debe hacerse con la calidad del servicio en sí y no por la velocidad con la que puedan atrapar a su presa, perdón cliente, antes que el otro. ¿Será que el problema radica en los pobres salarios que reciben?, ¿Será que los propios clientes hemos sido culpables por mal acostumbrar a los prestadores de servicios a depender de nuestras propinas?
En realidad tanto la primera manicurista como la segunda me parecen buenas personas, su trabajo es impecable y su plática entretenida… pero esto de irme a relajar al salón se está poniendo en entredicho por ellas mismas, porque cada vez que llego a la puerta sé que se generará una disputa entre ellas. Yo me pregunto... ¿no será por eso que en ocasiones he preferido arreglarme las uñas yo misma?
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