Las posadas

Cuando hablamos de turismo y de los mejores alojamientos inmediatamente se posiciona en nuestra imaginación un edificio enorme, con caprichosos diseños arquitectónicos, con cinco porteros disfrazados de soladitos de cuento de hadas dispuestos a hacer nuestra estancia, un evento inolvidable.



Sin embargo… con un poco de visión y menos plata es posible que una vacación a una austera posadita en medio de la playa pueda convertirse en un evento igualmente inolvidable.

Debo confesar que el turismo ecológico no estaba dentro de mis planes antes de mudarnos a Venezuela. Admito que soy una de esas personas para las que la comodidad es importante y jamás había estado en una posada. Pero la promesa por conocer las playas más lindas, los sitios más sabrosos para relajarse y percibir la naturaleza tal cual me hizo aceptar la idea de alojarme en una posada.

Empaqué bloqueador solar, toneladas de repelente y muchas botellas de agua. Mi esposo sonriendo me advertía que no se trataba de una excursión por la selva pero mi miedo a lo desconocido era comprensible, además tengo la responsabilidad de cuidar de mis tres hijos de siete, cinco y un año. Así que hice caso omiso y hasta empaqué un botiquín de primeros auxilios que bien podría compararse con el de un cazador dirigiéndose a África por un año.

Emprendimos el viaje y recuerdo que al cerrar la puerta de mi apartamento me pregunté cuánto extrañaría la comodidad de mi casa. El camino en carretera me resultó precioso, montañas forradas de todos las tonalidades que el color verde puede producir. Árboles y palmeras conviviendo en un mismo paisaje divirtiendo las pupilas de los incrédulos que como yo pensábamos que los pintores inventaban los paisajes.

Cuando llegamos a la posada tuve una extraña sensación. No esperaba encontrar un edificio enorme, con enredaderas bajando peldaños de cantera y con dos "soldaditos" adornando las enormes puertas… pero tampoco sabía que las posadas podían ser tan pequeñas. Bajamos a los niños, quienes increíblemente no son capaces de distinguir entre la elegancia y la sobriedad… para ellos no había más que la ilusión de estar unos días de playa. Su ánimo y su inocencia me hizo reflexionar, luego de dar un profundo suspiro me decidí a entrar…. ¡Vaya sorpresa que me llevé!

La posada era una obra de arte, parecía que la austera puerta de madera pintada en marrón fuera la entrada a otra dimensión, a un sitio que sólo puede estar en la imaginación o en alguna de esas películas tan bellas de Alfonso Arau. El piso era de piedra y algunas de ellas estaban grabadas con bellas frases que invitaban a la reflexión, hablando del sol, la luna y las estrellas (tema de la posada).

Al entrar nos recibieron con amabilidad los propios dueños de la posada, quienes de inmediato nos hicieron sentir en casa. Nos condujeron a nuestra habitación y mientras caminábamos por la primera planta de la posada pudimos advertir la deliciosa brisa del mar que nos esperaba al fondo del camino rodeado de hamacas y flores. La habitación estaba impecable, un abanico de techo paseaba la brisa del mar que se había colado por la ventana. Los niños encontraron un par de caramelos que nos habían dejado como detalle de bienvenida y al ver sus caritas sonrientes comencé a sonreír yo también.

Una extraña relajación se fue apropiando de mí involuntariamente, quizá era la suave música de fondo que apenas se escuchaba como murmullo en toda la posada, pero que definitivamente tenía efectos relajantes. Era como la que alguna vez escuchara en un Spa de esos tan lejanos hoteles lujosos.

Fue entonces cuando me di cuenta que éste era el escenario adecuado para escuchar esa música, precisamente esta ambientación era la que pretendían copiar en esos hoteles elegantes. Las vacaciones fueron un éxito, felicidades para esos visionarios que pudieron comprender la naturaleza del turismo más allá que una simple construcción de cinco estrellas.





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Marcela de la Maza
Graduada del ITESM, Campus Monterrey en Diciembre del '93 de la carrera de Licenciado en Mercadotécnia

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