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Todo incluido

Todos los que tenemos hijos, me atrevo a asegurar sentimos pánico cuando al llegar a un cuarto de hotel para disponernos a pasar una semana de vacaciones, los niños descubren el famoso Servibar.



Esa puerta misteriosa generalmente debajo del televisor, perfectamente al alcance de su línea visual en donde se guarda un mundo de sorpresas. En esta ocasión por primera vez pude decir a mis hijos “Ahora sí pueden tomar lo que quieran.”

Confieso que nunca me había atraído el concepto de viajar en paquetes Todo Incluido, quizá por la simple idea mental de que viajar significa tener la opción de jugar con el tiempo, disponer de total libertad, sin apuros y con toda la libre elección en entretenimiento, restaurantes, etc. De cierta forma me asustaba la idea de sentirme encerrada o condenada a comer durante una semana en un mismo restaurante, con la misma gente. Pero había llegado el momento.

Punta Cana, una paradisíaca playa en República Dominicana ofrece uno de los más hermosos lugares que yo haya imaginado. En medio de la pobreza extrema de la isla, se construyó un oasis junto al mar, un complejo hotelero en donde la única posibilidad de vacacionar es bajo el concepto de Todo Incluido. Simplemente no hay nada alrededor. Desde el primer momento lo supe. Por un lapso de cuatro días estaría inmersa en un mundo irreal en el que los consumidores (me incluyo) íbamos a desarrollar un patrón de comportamiento nuevo, producto de una dinámica de consumo inusual.

Todo comenzó al llegar y curiosamente fui yo la última en adaptarme a la nueva situación, cuando discretamente moví la cabeza hacia los lados para que mis hijos entendieran que no podían tomar una de las deliciosas bebidas que en la recepción ofrecía la mesera. "Déjalos," me dijo mi esposo sonriente, en sus ojos pude leer las dos palabras Todo - Incluido. Nos pusieron unas bandas plásticas alrededor de las manos para identificarnos como huéspedes del hotel y ahora sí parecíamos una generación de mutantes en un nuevo y revolucionario mundo de consumo.

Al llegar a la habitación mis hijos buscaban la caja de Pandora, el servibar. Por primera vez pude ver el brillo en sus caritas al saber que podían tomar algo de lo que estaba dentro con plena libertad. "Por el momento pueden tomar una sola cosa ¿entendido?" tuve que aclarar y así fue…Pero no por obedientes sino porque solamente había dos chocolates y un par de cervezas. "Mami, en este hotel tienen poquitas cosas dentro del servibar," fueron las palabras de mi hija de apenas siete años.

Al llegar a la playa nos sentamos bajo el intenso sol, había llegado la hora de tomarnos la primer Piña Colada. Pero casi nos da tortícolis buscando al mesero que nunca apareció. Tuvimos que caminar al bar de la piscina, por lo que casi estoy segura que los consumidores decidimos tomar menos y descansar más.

A la hora del almuerzo tuvimos una amplia variedad de opciones, después de todo es un hotel cinco estrellas y la comida era excelente, pero había algo en el ambiente que no terminaba de convencerme. Faltaban pequeños detalles… la sonrisa en la cara de los meseros, el típico arreglo de centro de mesa que brillaba por su ausencia, los delicados paraguas sobre las bebidas y la disposición de los empleados de dar algo más.

Quizá desmotivados por el sistema de compensación en el que las propinas eran casi nulas. Es natural que dentro de un Resort de playa todo incluido por primera vez el huésped disfrute de no cargar la billetera y de anular las propinas en su desconecte mental.

Algunos aspectos positivos eran la posibilidad de disfrutar de las instalaciones del hotel que eran de primerísimo nivel, el parque infantil sobre la arena, los botes de remo y las bicicletas acuáticas. Incluso el personal de animación que se encargó de organizar concursos divertidos, clases de salsa y bachata y otras tantas actividades en las que los huéspedes sacudían el estrés.

En cuanto al abuso que pensé encontraría en el consumidor frente a una situación de "libre consumo" por llamarla de alguna forma, fue interesante observar que la mayoría consumimos de manera semejante a la que usualmente lo hacemos. Con sus clarísimas excepciones, alguno que otro huésped pasado en copas e incluso otro que recostado junto a la piscina revisaba las instrucciones del Pepto Bismol.

Pasamos unos días inolvidables pero también inusuales. Cuando terminaron las vacaciones y rompimos el brazalete plástico distintivo del hotel comprendí que era cierto lo que dije a mis hijos cuando me preguntaban si todo era gratis… Todo tiene un precio, nada es gratis en esta vida.





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Marcela de la Maza
Graduada del ITESM, Campus Monterrey en Diciembre del '93 de la carrera de Licenciado en Mercadotécnia

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