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Y ahora qué

Después de un largo mes regresé a Barcelona. Y heme reincorporada a la vorágine de la vida laboral y cotidiana de esta activa ciudad.



Mis vacaciones decembrinas iniciaron con el firme propósito de llegar directamente a Chihuahua, pero gracias a la voluntad de Aeroméxico, me fleté una desveladota en el DF y un vuelo madrugador a Ciudad Juárez. Sin prestar mucha atención al desvío, y ya contenta de estar en México, vino el encuentro con mi jovial familia, quienes ya estaban más que listos para iniciar el trayecto hacia Ruidoso, en Nuevo México.

Ruidoso era para mí un cuadro invernal de la infancia. Tenía pocos recuerdos, todos más bien de desastres familiares cuando tratábamos de esquiar. Pero ahora es para mí la emoción de mis sobrinas durante todo el camino, la expectación familiar por encontrar un escenario nevado, la diversión total en los trineos, el calor de la cabaña, lo delicioso de las comidas. Las cosas cada vez se ponen de mejor color, y este viaje nos lo demostró a toda mi familia.

Y para colmo, o "para coronar", como dirá ahora desde el cielo mi querido y añorado Padre Vega, nos tocó una nevada de tales magnitudes que los caminos se cerraron y la gente se recluyó en sus casas; esto llevó a mis sobrinas a un deleite cósmico.

Justo antes de Navidad ya estábamos todos en Chihuahua. Mi familia es escandalosa por naturaleza, y en fechas importantes lo es aún más. Así que la producción navideña nos sale de maravillas, cubriendo las áreas de entretenimiento, decoración, alimentación y show pirotécnico, dirigido por el piromaniaco de mi cuñado. Entre una villa navideña enorme que instala mi madre, la risa de mi tía quien se encarga del buen humor, la cocina de mi hermana y las ocurrencias de mis sobrinas, nos salen unos días muy divertidos y agitados.

Chihuahua me recibió con muchas sorpresas: centros comerciales, cines, tiendas y restaurantes nuevos. Toda una oferta para el ocio que no le había conocido. Gente por todos lados llenando restaurantes, cines y tiendas. También mucha actividad empresarial, y en general, mucho progreso. Por supuesto, los avances sociales y económicos en una ciudad y en un país siempre serán lentos, pero creo que Chihuahua sí que se ha propuesto ser una ciudad mejor.

Con unos cuantos kilos más de equipaje del que me llevé y muchas toneladas de emoción, regresé a un frío Barcelona, en donde la vida transcurrió sin desvío alguno.

Volver al trabajo después de un largo descanso es lo más traumático que me pueda suceder. Por muchas ganas que pueda tener de ver a mis compañeros o de retomar mi actividad, es un tormento decir adiós a la distracción y catarsis del no tener nada qué hacer, más que asistir a desayunos largos, jugar juegos de mesa, explorar parques con mis sobrinas, y en fin, todas esas cosas que uno nunca tiene tiempo de hacer y que son simplemente deliciosas.

En fin, el regreso fue inminente. Y lo fue también para el master que estudio, sólo que aquí se avecina todo un suceso: mi graduación.

Graduarse puede ser visto como la simple culminación de un ciclo de estudios. O puede ser todo un acontecimiento crucial y emotivo en la vida de una familia. Yo ni una cosa, ni la otra. Mi postura ante el término de mi master es una mezcla entre lo casual y lo trascendental. Casual es el hecho de preparar el final escolar, con estudio para exámenes, trabajos finales, equipos y demás. Trascendental en el vislumbre del tiempo libre que se avecina; en el pachangón que estoy organizando para celebrar el inicio de una vida más relajada en Barcelona; y sobre todo, en la necesidad del replanteamiento del "y ahora qué".

El ahora qué, visto como la oportunidad de poder hacer algo nuevo y diferente, no es tema de crisis o de miedos. Es entrar en una etapa de análisis y de definición de qué hacer y para qué. Padre Vega siempre me dijo que con calma se tomaban las mejores decisiones. Y es cierto, en la serenidad se pueden hacer planes geniales.

Desde el 6 de diciembre del 2002 el Padre José Manuel Vega Prado murió en Monterrey. Era toda una institución de conocimiento, cultura, bondad y amor. Quienes tuvimos la fortuna de conocerlo y de quererlo nos podemos sentir dichosos. Si tan solo pocos, muy poquitos de los muchos que él tocó, siguieran su ejemplo, este mundo sería mucho mejor.





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Percy Mariñelarena
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