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E l pueblito en su totalidad estaba infestado de gente joven que salía de todos lados. Un sin fin de carros alegóricos daban vuelta al pueblo por sus estrechas calles, y había música por todos lados.
La gente llegaba a Sitges por tren o por carretera. Por las calles de acceso se veía cómo un enjambre de gente bajaba hasta el centro con un barullo impresionante. La ciudad entera estaba también llena de guardias listos para mantener la fiesta en orden. La gran mayoría de la gente iba disfrazada de las maneras más cómicas, originales y exóticas que uno se pueda imaginar; parece ser que el disfraz de Cruela está muy de moda, pues había varias por Sitges. Pese a su fama de base gay, la mayoría de la concurrencia no lo era; simplemente es el mejor lugar para celebrar el carnaval.
La gente aglomerada a los lados de las calles, en los bares y restaurantes, en los balcones de las casas y hoteles, se dedicaban a bailar, tomar y comer. Como en buena feria de México, había puestos de comida por todos lados; la diferencia es que aquí no había frutas con chile, tamales y champurrado, elotes, chicharrones ni algodones. Aquí había churros (xurros), waffles con miel o chocolate, palomitas, papas fritas y mucho alcohol.
La cantidad de gente alcoholizada, o intoxicada, era impresionante, y llegaba hasta cierto punto a mermar la diversión de la fiesta. Como en Barcelona, y en España en general, están enfrentando una etapa de control en el consumo de alcohol en los jóvenes, las medidas de tránsito son sumamente estrictas y los puntos de control revisan prácticamente a todos los jóvenes sospechosos de tomarse muy en serio la fiesta. Por esto, y también por practicidad y economía, la mayoría toma el tren.
El tren está programado para llegar durante la tarde y hasta la media noche, y para regresar hasta la madrugada del día siguiente. Así que la gente que opta por este medio, va dispuesta a pasar toda la noche de carnaval, como buena manda. Los que no quieran pasar toda la noche luchando contra el baile gótico de borrachos e intoxicados, tienen que regresar por carretera, ya sea en auto, taxi, y ya los más valientes, en uno de los pocos "buses" que salen, los cuales suben a más del doble de su capacidad, yo creo que para aprovechar el viaje. Yo que tengo fobia a las multitudes, me dediqué a probar todo lo que vendían de comer, ver de lejesitos el desfile y el espectáculo de los espectadores, y definitivamente no me regresé en tren.
Más allá del bien y el mal, como en el libro de Nietzsche. Barcelona está poblado principalmente por gente mayor. Por las calles se ven más viejitos que niños, y todos los servicios están adaptados para su mayor confort. Cuando uno ve a tantos señores y señoras caminando despacito por las calles, algunas veces con su bastón, subiéndose a un camión o al metro, leyendo en los cafés, es imposible no pensar en todos los viejitos en México que están recluidos y supeditados a los familiares para que les saquen a pasear cuando tengan tiempo libre.
Es impresionante ver el respeto con que se trata a esta gente. Es común ver escenas como la de un joven en bicicleta que al doblar una esquina se detiene y se baja para tomar del brazo a un viejito y ayudarlo a cruzar la calle. O a la gente en el metro cediéndoles el lugar y ayudándolos a sentarse.
Pero también la gente mayor es productiva: son los que dan todo tipo de explicaciones a los turistas perdidos, inclusive sin que estos pidan ayuda; como que tienen un radar que rápidamente identifica rostros de norteados. Son los que llenan las bancas de los parques adornándolos con un aire de paz y tranquilidad. Son los que al ir caminando van saludando y sonriendo a cuanta persona se les cruza, recordando a todo mundo lo importante que es la cortesía y la amabilidad.
Por eso da coraje que se les maltrate. El otro día, en la Plaza Real, la cual es aconsejable sólo visitar de día y rodeado de 10 judiciales de los nuestros, me tocó ver que justo al lado de la mesa en donde comía, un par de jóvenes marroquíes le arrancaron el bolso a una señora que caminaba tranquilamente con su esposo. Cuando el esposo reaccionó y corrió a perseguir a los rateros, estos ya estaban a cinco cuadras del lugar. Nadie les ayudó y la policía llegó 15 minutos después. Los meseros nos contaban que esto era normal, y que ellos sólo intervenían cuando de plano veían que los maleantes tenían a sus víctimas en el suelo y golpeadas.
Como eso es normal en esa zona, yo prefiero no volver. Que lástima en dos sentidos: uno, que un lugar tan bello y con restaurantes tan deliciosos sea tan peligroso que force a la gente a no ir. Y otro porque si los marroquíes tienen una fama terrible de inmigrantes problemáticos, con estos actos confirman que sí lo son.
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