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Claro, no creo que a muchos les haya tocado tener que amarrar a la tía Edna en la parrilla del auto, o que alguno haya arrastrado al perro amarrado a la defensa por media carretera. Pero sí a muchos nos han sucedido peripecias que o nos matan de la risa, o nos hacen pasar un bochorno, frustración, desencanto o enfado durante nuestras vacaciones.
Como tengo una madre con síndrome de Marco Polo, desde pequeña estoy acostumbrada a preparar el equipaje y a lanzarnos en pos de lugares por conocer. En realidad los viajes para mi familia son un deleite que empieza desde que a alguien se le ocurre proponer un lugar, y de ahí otro sugiere una fecha, y bueno, poco a poco se arma un paquete que como buen platillo de cocina, desde que está en el horno empieza a despedir olores deliciosos.
Desde que vivo en Barcelona mi mamá divide su tiempo equitativamente entre sus dos hijas: 85% del año en Chihuahua y 15% en Barcelona......ella lo llama un fifty-fifty..... Así que desde que me anunció su visita, nos pusimos ambas a planear las actividades que queríamos hacer al estar juntas. En primer lugar estaba visitar Praga.
Desde hace mucho tiempo, y por diversas razones, ambas queríamos ir a Praga. Y las ganas nos aumentaban conforme conocidos nos contaban lo maravillosa que era esa ciudad. Así que pusimos manos a la obra y organizamos nuestro viajecito.
Documentadas, informadas, emocionadas y con guía en mano, nos enfilamos hacia nuestra sala del aeropuerto. Desde el avión veíamos un paisaje de los Alpes nevados, que nos hicieron recordar la primer vez que viajamos juntas por Europa, cuando con mi tía, primas y hermana recorrimos como manda de Pascua 21 ciudades en 45 días.
Praga está rodeada de un escenario verde; sus campos parecen entrar a las calles de las orillas de la ciudad, variando sólo en la intensidad del verde que nunca termina. La ciudad es hermosa; sus calles y edificios están llenos de historia y de leyendas. La Catedral de San Vito es magnífica. Sus calles estrechas parecen entrelazarse todas y no llevar a ningún sitio. Hay vida por todos lados, gracias a las tiendas y mercados, a la gente que infesta las calles y las terrazas de los restaurantes, a los pintores y músicos que aparecen en cada rincón, y a los duendes que adornan las esquinas de los edificios.
Tanto Nonnie como yo teníamos nuestros objetivos muy claros. Teníamos varios intereses cada una, pero en esencia yo buscaba brujas mientras que mi mamá se inclinó por el struddle de manzana. En realidad la más acertada fue Nonnie......las dos podemos decir que mejor struddle no hemos comido en toda la vida.
Otro de nuestros intereses era tomar el tour en barco por el río Moldava, con la idea de ver la ciudad, el Puente Carlos IV y el Palacio Real iluminados. Y he aquí donde nos acordamos de Chevy Chase cuando finalmente llegó a Wally World (el parque de diversiones) al final de su vía crucis, para encontrarlo cerrado. El barco no estaba cerrado; al contrario, nos recibieron y sentaron en un lugar estupendo. En cuanto lanzaron las amarras, empezó una tormenta tan fuerte que hizo que se fuera la luz en gran parte de la ciudad. Fueron cuarenta minutos de no ver nada más que agua escurrir por las ventanas panorámicas del barquito. Nada vimos, ni los puentes que tampoco tenían luz. Nuestro único consuelo fue la deliciosa cerveza que el amable camarero nos sirvió, con cara de no enterarse del tormentón que nos caía. El apagón terminó justo al final de la pequeña travesía.
Después del trayecto en barco seguía una función de teatro negro. Según los cálculos del guía todo iba magnífico en cuanto a tiempo; según los nuestros, el capitán del barco se había equivocado de lado del río y nos había dejado en el contrario, tal vez porque con la lluvia se norteó........y por supuesto, no había error.
Teníamos que cruzar el Puente Carlos IV en pleno diluvio. Yo lo único que atiné a pensar fue que bendito hábito previsor el de Nonnie, que con todo y paraguas como de golf venía paseando en barco. Así cruzamos como pudimos el puente; las más guapas del tour llegaron sin tacones (todas las calles del Praga son antitacón pues son de piedra), con las chapitas despintadas porque la lluvia las salpicó, como a la hormiga con El Chorrito de Cri-Cri, y todos llegamos con el corazón en la boca después del maratón del puente que se nos hizo eterno. Pero toda calamidad se nos olvidó con el genial espectáculo del teatro negro.
Como en todo viaje, los mejores y más nítidos recuerdos son aquellos de los imprevistos que siempre suceden. Así nosotras siempre nos acordaremos del divino paseo en barco en donde no vimos nada y tomamos una cerveza deliciosa.
De Praga regresamos felices, con la firme voluntad de regresar algún día. Y como a Chevy, nos dio un poco de nostalgia el volver.
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