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Encuentros cercanos del primer mundo

Este último mes ha sido muy generoso conmigo. Me ha dado la oportunidad de presenciar varios eventos únicos, no sólo por su género, sino por su significado para mí.



El primer evento tuvo lugar los días 29, 30 y 31 de octubre. Durante estos días, el Instituto Catalán de Cooperación Iberoamericana (ICCI) reunió a uno de mis escritores favoritos con sus fans, en una serie de charlas y conferencias que fueron realmente fascinantes; un encuentro entre un escritor y sus lectores.

Si bien ya es mucho poder escuchar a un escritor que te encanta hablando sobre temas como "la sombra terrible de Borges", "ficción, historia, periodismo: límites y márgenes" o "los nuevos caminos de la novela contemporánea", es aún más emocionante recibir la sorpresa de que en el tiempo asignado a preguntas y respuestas de la audiencia, se desarrollara un diálogo intelectual entre Juan Villoro, Sealtiel Alatriste y el magistral Tomás Eloy Martínez, quien nos agasajó con tres conferencias estupendas.

Algo que me sorprendió y agradó mucho de Tomás Eloy Martínez, fue su modestia al no haber hablado de sus libros sino sólo hasta que alguien le hiciera una pregunta específica sobre ellos. En especial a mí me encantó su último libro, "El Vuelo de la Reina" (V Premio Alfaguara de Novela, 2002).

El segundo encuentro se desarrolló en el Café de la Ópera. Ocurrió después de meses de haber conocido cibernéticamente a una persona y de hacernos amigos, que nos pudimos reunir al tener la grata coincidencia de estar ambos en Barcelona. Mi amigo cibernético Mario Alberto ya no lo es; ahora es de carne y hueso, y su imagen y la de su familia viajarán por mi mente cada vez que nos intercambiemos mails.

Y con esto recuerdo las muchas historias que había escuchado de gente que se conoce gracias a internet; como en todo, hasta no experimentar algo, no podemos realmente opinar con conocimiento de causa. Yo ahora puedo decir que internet genera buenos amigos.

El tercer encuentro fue de magnitud cósmica. La preparación psicológica para llegar al frenesí requerido para el evento inició cuando yo era adolescente, en Chihuahua, cuando mis papás me regañaban eternamente por dormirme tan tarde viendo el "top 20 video countdown", el "MTV video music awards", o peor aún, cuando me rehusaba olímpicamente a ir al baile de fin de año del honorable Club Campestre por quedarme a ver los cuatro conteos regresivos del "New Years Bash".

Me declaro abiertamente producto del MTV. Desde los ochentas y los noventas MTV ha evolucionado y se ha transformado en un emblema juvenil en varios lugares del mundo. A pesar de haberle perdido la pista por ya no contar con el tiempo para pasar horas viéndolo, mi emoción y la de tres buenos amigos contemporáneos fue brutal cuando conseguimos cuatro de los 13,000 boletos que se vendieron para el MTV European Music Awards 2002, que por primera vez se realizó en Barcelona el 14 de noviembre.

Afuera del Palau Sant Jordi había mucha gente ofreciendo dinero por una entrada. Nosotros, con la emoción de la primera vez que puedes sacar el auto en la noche y pasar por todos tus amigos, nos dirigimos primero que nada a la M gigante que estaba afuera del recinto para tomarnos la foto de la evidencia.

De ahí todo fue un retroceso en el tiempo. A pesar de que nos llegó a suceder que al salir algún presentador ninguno de los cuatro teníamos la más mínima idea de quién era y de por qué gritaban tan emocionados todos menos nosotros, el simple hecho de estar ahí nos tenía extasiados.

Ahora los cuatro sabemos que si escuchan la propuesta de Chaplin, de hacer el monumento al fan desconocido, nuestros familiares podrán ir a poner nuestra foto justo ahí, esa, la de los cuatro con la "M".





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Percy Mariñelarena
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