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La conversación giró en torno a las diferentes experiencias vividas en los últimos años.
No sé si por ser de la misma edad, por ser mujeres, por estar viviendo circunstancias similares, por ser muy imaginativas o por tener ambas la misma afición literaria. Sólo sé que entre las dos nos dimos cuenta de que las conclusiones a las que cada una llegó de sus vivencias, distaban enormemente de lo que conceptualizamos durante las mismas.
Generalmente tendemos a adaptar las cosas a lo que queremos, y hasta peor, a lo que creemos necesitar. Así vamos transformando sucesos normales en mágicos, encontrando señales inexistentes, cambiando significados, e idealizando gente.
El efecto mitificante siempre es mayor con las personas. Tal vez por la dosis emocional que la interacción humana implica. Y es justo aquí donde estamos expuestos a más peligro. Un peligro aterrador, que es el de la decepción.
Y otra sensación que conlleva este hábito es el de la pérdida del tiempo. Claro, soy fiel creyente de que toda experiencia siempre será ganancia por el aprendizaje que implica, pero aún así la decepción crea cierta desilusión nostálgica.
Para combatir esta tendencia sólo hay una alternativa; la objetividad. Juzgar con apego a la realidad. Dejar la imaginación y la ilusión de lado. Es mejor vivir únicamente con los mitos literarios, o con los históricos, o ya en su defecto, con los que Hollywood nos da.
En Barcelona también tienen lo suyo en la mitificación. Viven en total veneración, y nostalgia por los años 80's. Basta prender el radio o algún canal de música en la televisión para estar inmerso en la década de los ochenta, época en la que según muchos se produjo música verdaderamente buena. Es normal tararear todo el día una de Spandau Ballet, escuchada a primera hora de la mañana.. O fue normal una fila de dos cuadras afuera de la fnac para comprar un boleto para el concierto del boss, Bruce Springsteen, quien vuelve verdaderamente locos a los catalanes.
La época del año tampoco ayuda mucho, pues nos rodea de los mitos navideños, esos que nos emocionan tanto cuando los vemos totalmente creídos por los niños de nuestras familias, cuando los hay. En mi caso hay dos niñas. Creen todo el mito de Santa Claus, pero también el de los Reyes, el conejo de Pascua y cualquier otro que represente sorpresas y regalos.
Mi amiga y yo acabamos muy contentas nuestra charla, y brindamos por el digno propósito de dejar de crear héroes y mitos, y de tratar de vivir con la gente cotidiana y normal que nos rodea.
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