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Cada quien afronta la vida de diferente manera, y cada quien dimensiona los hechos desde donde su existencia le permite. Y para los casos verdaderamente serios, según cada persona, existe ayuda profesional cualificada y experta, la cual sabrá actuar de la manera más adecuada. Para las depresiones lights, en cambio, los amigos son el mejor terapeuta.
Estaba yo el otro día con un grupo de amigos. Mientras esperábamos a la última integrante del grupo comentábamos el mundial de natación de Barcelona 2003. Fue genial, era la conclusión. Nos emocionamos contándonos lo que sentimos al ver al mexicano en la final de clavados, y de lo genial que es estar en este tipo de eventos en vivo. Estando así de lo más entusiasmados llegó Lucía.
Desde que la vimos supimos que para ella el mundo estaba a punto de llegar a su fin. Sólo nos dirigió un hola seco a todos y se sentó. Prendió un cigarro y dijo que estaba gorda.
Cualquiera que se haya comprado un bikini para este verano comprendería la gravedad de la situación. Pero hubo un valiente que dijo "estás loca; yo te veo igualita que siempre". Grave error. La única respuesta correcta era el silencio de sepulcro con una mirada empática y solidaria. Lucía nos contó uno a uno los pantalones y faldas en los que ya no entraba. El sufrimiento era desolador.
Afortunadamente en eso vino el camarero. "Un combinado de pistacho, nata, coco y chocolate, cubierto de fudge". Todos con la boca abierta y atónitos. "Lucía, estás loca?" de nuevo el valiente, ya más bien imprudente. De nuevo también el silencio sepulcral y las miradas comprensivas hacia Lucía.
Lucía afronta su depresión comiendo. No hay pena que cuatro bolas de helado no le quiten.
La conversación entonces se centró en cómo combate cada quien sus depresiones: Lucía come, Max compra por Internet, Laura con zapatos nuevos, Gemma con un viaje, Juan desvelándose de parranda hasta la madrugada.
Hay mil maneras; tantas como seres humanos existen.
Yo cuando me deprimo rento películas. Al más mínimo indicio de tristeza me lanzo al videoclub y saco cuanta película puedo. Luego me pongo en solitario a verlas, con mucha comida al lado, planeando las compras que haré al día siguiente, haciendo cita para un corte de cabello y haciendo arreglos, si la fecha lo permite, para un viaje.
O sea, mi caso es grave. Me saldría más barato ir por terapia, como bien hacía Ally McBeal, concluyeron mis amigos.
"Cierto", les dije. "Pero lo bueno es que me duran poquísimo mis depresiones, porque también me es muy fácil emocionarme con nuevas cosas. Ya ven, no lloré en la premiación de los clavados cuando pusieron el himno nacional de Australia?"
Nada que ver, me dijeron; "eres una maniaco-compradora-depresiva y compulsiva". Sí que lo soy.
Pasaron los días y nos volvimos a reunir. Lucía llegó de lo más contenta. Se había inscrito en un gimnasio fantástico, con tres albercas y aparatos de todos. Lo único es que tendría que esperar un mes para poder usarlo, pues en agosto estaría cerrado por mantenimiento.....
Laura traía unos zapatos nuevos divinos, italianos. Max nos tomó fotos con su cámara digital que le acababa de llegar por Amazon.co.uk. Los demás por lo visto habían estado muy contentos en esos días, pues no tenían novedad.
"Y tu Percy?"; ay, yo tuve que confesar que después de la última reunión había visto varias películas, y me había ido a comprar las cosas que necesitaba para mis vacaciones. "Vacaciooones?"; sí, les expliqué, "fue su culpa, por andarme deprimiendo".
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