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Con Tortícolis

Un día desperté con tortícolis. No era una torcedura normal; era una inmovilización total. Tardé más de diez minutos para poder levantarme de la cama, sufriendo cada mínimo movimiento que tuve que hacer. Arreglarme para ir al trabajo fue algo así como entrar en el pellejo del coyote de la caricatura del correcaminos cuando primero explotaba la bomba en sus manos, luego salía volando, caía estirado en el desierto en las vías del tren, le pasaba el tren, le caía una piedra encima, y así, de dolor en dolor.



Salí de la casa caminando como perico en alfombra, con mucho cuidado de no ir a hacer ningún movimiento en falso que me causara más dolor. El primero con el que me topé fue el portero del edificio en donde vivo. “¿Le pasa algo?”, sí, tengo tortícolis, le expliqué sin voltear a verlo. “Madre mía, vaya con mucho cuidado”. “Sí, así lo haré”.

Y con cuidado llegué a mi oficina. Ya superadas las típicas bromas de los compañeros de trabajo, esos que te llaman para que voltees como robot, o los que te invitan a un partido de tenis, me puse en mi oficina a tratar de trabajar. Entró una llamada y ahí empezó el calvario; no podía alcanzar el teléfono. Ya que lo logré, me di cuenta de que me era totalmente imposible sostener el auricular mientras buscaba algo en mi computadora o tomaba alguna nota.....imposible. Y así el día se fue dando con una serie de impedimentos físicos.

Decidí irme a comer al restaurante donde soy asidua. Desde que entré la dueña y los meseros me dijeron: "Ala, ahora sí ya la hicimos". Me enviaron a la mesa más alejada, para que no me diera el aire y quedara peor. Mi camarero favorito me tomó el pedido muerto de la risa y agachado, para que lo pudiera ver.

Ese día para colmo tenía que visitar a los abogados de la oficina. En el trayecto a sus despachos me fijé obsesivamente en toda la gente que tenía problemas físicos. Jóvenes, adultos, niños. Ciegos, lisiados, enfermos. Me di cuenta de que ellos siempre están ahí, pero no siempre los quiero ver. Hoy, sin embargo, ya que yo estaba "in pain", como dicen en mi casa, hoy si me fijé. Creo que me sentí como uno más de ellos, y los vi ahora con un sentimiento nuevo de compañerismo.

Luego reaccioné y me di cuenta de que vergüenza me debería de dar. ¿Cómo me atrevía yo a compararme con ellos cuando mi mínimo malestar desaparecería en unos días, mientras que ellos tenían que cargar con su cruz toda la vida? ¿Realmente seré capaz de entender su sufrimiento y sus necesidades?

Me puse ahora a ver cómo se manejaban. Todas las banquetas tienen acceso para minusválidos. Todos los transportes públicos tienen una sección para ellos y dispositivos para permitirles moverse más cómodamente. Los edificios, algunos, están acondicionados. Pero lo más interesante es ver el comportamiento de la gente que rodea a un minusválido. Se puede decir que en general todos son sensibles ante sus necesidades. Es común ver gente ayudándolos, acompañándolos, cediéndoles el paso o el lugar, etc.

Lo genial es ver que todos, estén como estén, se sienten cómodos como para poder salir a la calle y disfrutar de su ciudad, trabajar en ella dignamente, y socializar como todo mundo se merece.

Sin embargo, Barcelona, al ser una ciudad tan cosmopolita, tiene visitantes y residentes de otros países que tienen una concepción y hábitos hacia los minusválidos muy diferentes. Para ellos es normal quedárseles viendo como si fueran actores de circo, burlarse un poco, o verlos como retrazados mentales a todos, simplemente por el hecho de tener un problema físico.

Como extraña coincidencia, ese día me tocó ver un reportaje por televisión en donde explicaban la gran carencia de voluntarios en las instituciones de minusválidos, ancianos y niños abandonados. Explicaban lo mucho que un poquito de otros, puede hacer.

Pasaron los días y mi tortícolis se me quitó. Ya hasta me podría dar dos vueltas de carro. Sin embargo me quedó una extraña presión en el cuello, la espalda, y en la conciencia. Tal vez no sea suficiente con estar conciente de la gente con incapacidades, con ofrecerles oportunidades laborales, con ayudarles cuando uno se topa con ellos. Tal vez sea necesario dar un poco más: hacer algún tipo de voluntariado, apoyar a instituciones u ONG's que tengan programas de ayuda. O tal vez ni siquiera tengamos que salir de nuestra misma familia para poder encontrar a quien ayudar un poco con nuestro tiempo y atención.





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Percy Mariñelarena


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