|
En la sala había una gran mesa rectangular, y a mí me tocó sentarme junto a la cabecera, cerca de la ventana. Al empezar la junta también inició un viaje mental que no pude evitar. Veía a los participantes hablar y exponer sus presentaciones, pero yo no podía dejar de voltear a la ventana que tenía justo al lado.
Primero vi a tres turistas como de 22 años, tomando fotos extasiados. Eran orientales. Cada uno con su cámara tomaba repetidas fotos: parado, en cuclillas, dos pasos más adelante, tres más para atrás. Me puse a pensar en mis primeros días en Barcelona, cuando cada imagen era como un cuadro fotográfico que por desidia quedó más grabado en mi memoria que en una fotografía.
Después vi un camión turístico, de esos que tienen dos pisos y el segundo va al aire libre. Iba lleno totalmente. Los pasajeros miraban para todos lados, con las bocas abiertas y sus lentes de sol. Me acordé del día en que mi mamá, mi tía y yo hicimos lo mismo, pero sin lentes de sol porque hacía un poco de frío en un día nublado.
Vi las bancas. Recordé las veces que ahí me senté.
Pero seguía en la reunión. Cada vez que volteaba a la ventana trataba de hacerlo con la mayor discreción posible, y ponía el mayor esfuerzo por concentrarme en lo que se decía. Pero no podía. La fuerza de esa ventana era mucho mayor.
Volví a voltear y vi una oleada de ejecutivos que cruzaban las calles, caminaban por todos lados en grupos o solos. Iban a comer. Ya era la hora de la comida, pero nuestra reunión tardaría mucho tiempo más. Me acordé de los primeros meses que caminé Barcelona como turista, despacio y sin prisas pues tenía todo el día para llegar a donde fuera. También me acordé del día en que empecé a caminar rápido hacia la oficina, vestida ya de traje y no con jeans.
En la vorágine de la una y media de la tarde había también un tráfico tremendo. Pero no había ruido alguno. Pensé que qué maravilla que finalmente no se oyesen los ruidos de las motos que inundan la ciudad y de los conductores que pierden el estilo con tanto tráfico. Pero me acordé que veía a través de una ventana cerrada que no me dejaba escuchar el ruido real.
Vi a unos hombres arreglando el piso de las aceras, en una zona que tenían totalmente protegida para que ningún transeúnte se fuera a lastimar. Pensé que desde que estoy aquí he visto cómo cuidan y arreglan esta ciudad. Cambian pisos, arreglan jardines, limpian fachadas.
Terminó mi junta. Todos nos levantamos y empezamos a despedirnos. Cuando el anfitrión se me acercó, le dije que tenía la mejor ventana que hubiera visto. Sonrió y me dijo que todo el encanto lo hacían el Paseo de Gracia y la Pedrera que estaba justo al lado.
|