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La Catrina
Por: Percy Mariñelarena
Noviembre 25, 2003
Por cuestiones de trabajo tuve que viajar. Primero fui a Aguascalientes, en donde un México listo para el día de muertos me recibió en todo su esplendor. Entre trabajo y las sesiones del congreso al que asistí, pude un día escaparme y turistear. Los colores, olores y ruidos, me hicieron sentirme en casa. Como México no hay dos, pensaba mientras caminaba por las calles del centro de la ciudad.
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legué a la Plaza Municipal. Al lado de la Catedral, y bajo la protección de la Virgen de la Asunción, estaba el puesto del Chapulín. A él llegué como por acto de hipnosis, y sin darme cuenta me senté en una de las sillas de este boleador. Al lado tenía a una dama a quien acompañaba un hombre que se mantuvo de pie mientras el Chapulín le boleaba sus zapatos; ella no dejaba de hablar.
En un dos por tres me incorporaron en su charla, con tremenda amabilidad. Hablaban de un pobre tipo del que decía el periódico habían atrapado in fraganti robándose una grabadora en una mueblería, en total estado de intoxicación.....amigo de ellos, me contaron. Ponían todos una cara de consternación mientras me daban los detalles de la detención; pero también muertos de la risa me decían que cuando su cuate se despertó en la peni, el pobre no sabía ni dónde estaba, y menos el por qué estaba ahí....”ya volverá a salir”, pues me enteré que era reincidente.
Una vez con sus zapatos brillantes, la mujer y su compañero se despidieron y se fueron. “Carteristas”, me confesó el Chapulín; “los más importantes de la zona, que ya hasta están fichados”......lovely, pensé yo. Y habré puesto unos ojos de espanto, porque de inmediato él me tranquilizó diciéndome que a los amigos no los bolseaban. “Ah bueno”, dije reconfortada....ya tenía tres amigos nuevos.
De ahí el Chapulín pasó a contarme su vida; su sueño era ser boxeador profesional peso pluma, pues siempre ha sido flaquito y chiquito; pero desistió de su ilusión cuando se dio cuenta de que no podía noquear a sus oponentes cuando estos ya estaban muy golpeados. Le faltó sangre fría e instinto asesino, me dijo. Así que se puso a bolear, y ahí seguía ya desde hacía más de treinta años.
Dos días después conocí en Houston a una francesa que quiso haber sido piloto acróbata, como lo fue su padre. Su sueño se desvaneció cuando decidió aceptar el jugoso sueldo que un jeque árabe le ofreció para un puesto administrativo en una de sus empresas en París.
Volando a Madrid recordé a aquel que una vez me contó que su sueño era estudiar en Londres y cambiar de estilo de vida. Nunca lo hizo, pues su cambio dependía de la voluntad de otros, y el miedo era aterrador.
En Madrid me encontré en un medio lleno de profesionistas y empresarios. Ahí conocí a un hombre que me dijo que soñaba con dejar de ser empleado para convertirse en empresario. Buscaba ideas, pero la vorágine del trabajo diario no le daba tiempo para trabajar en su plan.
Ya de regreso en Barcelona salí a cenar con un amigo al que tenía tiempo sin ver. Él no me contó sus sueños, pero sí habló de lo que hace, y de la ilusión que le da el pensar que cada vez se acerca más a sus objetivos. Sus anhelos nunca fueron inalcanzables, utópicos, ni dependían de otros para poder ser alcanzados; sus sueños o metas eran realistas, concretos y sensatos. Su empeño era fantástico; su dedicación, valor y esfuerzo convertían sus ilusiones en realidades. Tal vez sus logros no son dignos de aparecer en el Times, pero para él son un paso más para llegar a sus metas. Un hombre multifacético, activo y decidido. Su pasión y entusiasmo me impregnó de ánimos.
Le conté de los soñadores con los que me había topado, y sonrió. No es malo soñar, me dijo; “lo que es malo es no actuar”.
Con tantas imágenes, ideas y experiencias me recluí a pensar. Pero lo único que estaba fijo en mi mente era la cara de La Catrina, sonriente y burlona, de elegante sombrero, calaca de lotería. Desde que la vi en el Museo José Guadalupe Posada de Aguascalientes, por indicación precisa de mi tía Petri, no la había podido sacar de mi mente.
Esa cara de una calavera sonriente parecía reírse de todos. En cada sueño frustrado ella soltaba una carcajada cada vez más fuerte. Irónica y sarcástica, como el destino que juega con la gente. Tal vez sólo fue el efecto pesimista del día de muertos, o tal vez ese efecto es la actitud de muchas personas.
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