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C uando a finales de 1994 se desató en México la crisis económica, el efecto Tequila se derramó con especial saña sobre Argentina. Dice un dicho que “el que se quema con leche, ve una vaca y llora” y eso fue lo que pasó en aquel momento cuando los inversores internacionales asociaron la situación macroeconómica mexicana con la argentina y huyeron espantados por las similitudes que encontraron. Hoy la situación es diferente y el efecto Tango casi no se ha sentido en México, sin embargo hay un riesgo latente que dice: “cuando veas las barbas de tu vecino cortar, echa las tuyas a remojar”.
La cruda que sintió Argentina a causa del Tequila en 1995 (una caída de la producción mayor al 4%) no podría atribuirse a un impacto negativo sobre el comercio entre ambos países. Las exportaciones gauchas a México apenas representaban el 1% del total de las ventas externas de Argentina, por lo que cualquier justificación por esta vía sería irrelevante. La razón del contagio estuvo en la identificación que hicieron los inversores internacionales al observar las radiografías macroeconómicas de los 2 países. Además hay que considerar que el factor sorpresa de la crisis (la rapidez con que se dieron los hechos) añadió cierto toque de irracionalidad y sobre reacción en la toma de decisiones de inversión.
Por aquellos tiempos los programas económicos de los "Carlitos" (Salinas en México y Ménem en Argentina) eran parecidos. En ambos países se aplicaron reformas pro mercado o neoliberales; las economías se abrieron al comercio exterior; fue el auge de las privatizaciones; incluso las 2 naciones tenían regímenes cambiarios fijos (en Argentina el sistema monetario de convertibilidad y en México un tipo de cambio de bandas de flotación cambiaria que en la práctica funcionaba como un sistema fijo); la inflación en México caía drásticamente mientras que en Argentina la ley de convertibilidad importaba como por arte de magia la inflación de EUA; los bancos centrales de cada nación (en México estrenando autonomía el Banxico y en Argentina por órdenes de la ley de convertibilidad) comenzaban a olvidarse de las viejas mañas de financiar gasto público con emisión de dinero; las finanzas públicas sanas eran prioridad en ambos gobiernos (que se veían plenamente favorecidas por la entrada de recursos jugosos provenientes de las privatizaciones); los 2 países necesitaban de financiamiento externo para poder mantener sus crecientes déficits de cuenta corriente (producto de la nueva apertura comercial), entre otras cosas.
Con estas semejanzas en mente los inversores no pensaron mucho las cosas y al ver que en México tronaba el tipo de cambio fijo en combinación con un déficit en cuenta corriente insostenible, desconfiaron rápidamente de la Argentina por su cierto parentesco con México (ya que pintaba que iba para donde mismo según los inversionistas) y dudaron de la capacidad del gobierno para mantener la convertibilidad. Así durante 1995 Argentina sufrió una fuerte recesión con desempleo del 18% pero soportó el ataque especulativo sobre su moneda y no devaluó.
Tratando de frenar la huida de capitales que se avecinaba en Argentina, el ahora ex Ministro de Economía de ese país, Domingo Cavallo, recalcó en aquella ocasión a los inversionistas internacionales que Argentina no era México. Y mire nomás lo que son las cosas, como da vueltas la vida, ahora más que nunca los inversionistas han aprendido a diferenciar la situación de ambos países. Parece que las prestigiadas corredurías de Nueva York ya separan a México de la canasta de países emergentes. Esta vez la situación está al revés, ahora es Argentina la que está sumida en una crisis sin precedentes, pero los efectos del contagio parecen no sentirse mucho sobre México.
¿Por qué en aquella ocasión sí hubo un fuerte contagio y ahora casi no? La razón fundamental podría descansar en 2 elementos principales: por un lado, como ya lo dijimos, los inversionistas han diferenciado a México y su circunstancia, de Argentina y sus cacerolazos; han comprobado que el sistema cambiario de libre flotación de México combinado con el compromiso de disciplina monetaria de Banxico y la disciplina fiscal del gobierno federal, ha dado buenos resultados hasta el momento como amortiguador de choques externos (la crisis asiática, rusa y brasileña).
Por ejemplo, a principios de 1999 la crisis brasileña ocasionó que el tipo de cambio en México se depreciará en cuestión de 5 días un 8% (el dólar pasó de 9.81 pesos el 8 de enero de 1999 a 10.6 el 14 de enero ante los fuertes rumores de la devaluación del real brasileño), sin embargo el mismo sistema cambiario flexible más la intervención del Banco de México permitió que el dólar bajara a niveles de 9.24 a finales de abril de ese año. La estabilidad macroeconómica (inflación controlada, menores tasas de interés, tipo de cambio estable, ausencia de fuertes vencimientos de deuda en el corto plazo, buen nivel de reservas internacionales, etc.) y la atractiva imagen de México como alternativa de inversión emergente han permitido sortear el embate del Tango con relativa tranquilidad. El peso fue la segunda moneda con el mejor desempeño del mundo en el 2001.
Simplemente una comparación del riesgo país entre México (291 puntos base al 23 de enero) y Argentina (4,264 puntos base) deja en claro la percepción actual del mercado. El riesgo Argentina es 14.6 veces el de México. Mientras que hace algunos días México anunciaba la emisión de un bono global a 10 años por 1,500 millones de dólares y recibía la calificación de grado de inversión de Fitch IBCA (y probablemente la de S&P dentro de poco), Argentina se sumía en la suspensión de pagos más grande de toda su historia, se declaraba en default por más de 132,000 millones de dólares.
En fin, parece que las radiografías macroeconómicas de Argentina y México han cambiado de manera importante y los inversores han tomado nota de ello. La importancia de tener sólidos fundamentos macroeconómicos se aprecia en este punto, es decir, no estamos a salvo de que nos pongan a bailar un Tango (la estabilidad macro es importante más no suficiente), pero podemos afirmar que el impacto de un contagio de esta naturaleza suele ser fugaz y pasajero en países donde se trabaja duro y consistentemente por corregir las debilidades macroeconómicas. Es aquí donde México debe trabajar más que nunca en reducir un déficit fiscal que va más allá del 0.65% del PIB que nos están pintando (en términos prácticos el verdadero déficit fiscal de México alcanza más del 3% del PIB si se toman en cuenta deudas garantizadas como el IPAB y los PIDIREGAS).
El segundo factor a considerar es la ausencia de sorpresa en el descalabro de Argentina. Una crisis que los mercados ya habían descontado desde hace tiempo y en la que la pregunta no era si se daría finalmente o no la moratoria de pagos, o bien, la devaluación del peso argentino, sino lo interesante era saber hasta cuando se llegaría a ese punto luego de la larga agonía que venía sufriendo Argentina por varios años (en recesión desde 1998). Esta crisis no tomó por sorpresa a nadie, se veía venir desde hace tiempo y por lo mismo la intensidad del contagio se fue difuminando.
Es más, ni la serie de trastornos, acontecimientos y señales tan escalofriantes que vimos en Argentina a finales del 2001 y principios de este año (5 presidentes en menos de 1 mes; gente crucificada manifestando su hartazgo por la situación económica; una especie de mini guerra civil con atracos y saqueos de supermercados, negocios y bancos; cerca de 27 muertos en las manifestaciones; un gobierno declarando un estado de sitio ante la gravedad de los hechos; una clase media sacando la furia y el coraje a base de cacerolazos; el congelamiento de los ahorros en los bancos; el fin de la "cajita feliz" de convertibilidad con la consecuente devaluación del peso; la suspensión de pagos, etc., etc.) fueron capaces de asustar a los mercados como en otras ocasiones lo habían hecho ya el efecto arroz, el vodka o la zamba.
Algunos analistas e inversores ya pensaban lo impensable de Argentina posiblemente desde que Fernando De la Rúa asumió la presidencia de Argentina a finales de 1999. Ni siquiera la posterior llegada del mago Domingo "Harry Potter" Cavallo en marzo del 2001 al Ministerio de Economía pudo frenar una situación que se volvía cada vez menos sostenible.
Cavallo se enfrentó a una tarea de enormes proporciones en la que tenía que meter urgentemente en cintura a la economía argentina para poder juntar dinero y así pagarle las deudas a los acreedores del país cuando la población ya llevaba 4 años de tropiezos económicos continuos, y además, tenía que buscar la fórmula para incentivar el crecimiento de Argentina en un momento en que el mundo entero entraba en recesión. Vaya tareita.
El ambicioso plan del déficit fiscal cero colmó la paciencia de millones de nuevos pobres a lo largo del 2001 que no tolerarían más medidas de ajuste, más incrementos de impuestos, más sacrificios sin resultados visibles. A esto hay que sumarle por supuesto las protestas de los gobiernos de oposición política en las provincias, los cuales no estaban dispuestos a absorber un recorte en las participaciones que recibían del gobierno central y dificultaron más las cosas.
La gota que derramó el barril (este no era vaso) fue el congelamiento de los ahorros de los depositantes en los bancos, además de que ya habían soportado la reducción del 13% en salarios (en el caso de burócratas) y pensiones. Sin duda alguna, esta vez la magia no funcionó.
A pesar de las dificultades gauchas en el 2001, hay que resaltar que esta bola de nieve ya venía creciendo tiempo atrás y por eso el golpe ya era esperado. Queda claro que Argentina no hizo su tarea por varios años, vivió gastando lo que no tenía, se la pasó de fiesta fiscal en fiesta fiscal, derrochando el billete a lo lindo y se puso a estudiar la solución a este problema un domingo a las 12 de la noche cuando tenía el examen más difícil de su historia a la siguiente mañana.
El resultado era previsible: a las 12:10 se dio cuenta que la solución le iba a llevar más de 10 minutos, requería en sí de años y años de trabajo en reformas estructurales (sistema fiscal, laboral, pensiones, fomento a la competitividad, etc.) que permitieran al país generar recursos para convertir los números rojos de las finanzas públicas en números negros. Ya era demasiado tarde, con ese nivel de desorden fiscal no había régimen cambiario que lo aguantara, había mucho dinero involucrado y la presión de los vencimientos de deuda era enorme: Argentina se suicidó.
Lo importante ahora es prender los focos de alerta ante los hechos y aprender del mal ejemplo para evitar vernos al rato en las mismas condiciones ("cuando veas las barbas de tu vecino cortar echa las tuyas a remojar"). Qué tan cerca o qué tan lejos estaremos de esta situación al pasar de los años dependerá de los avances que se consigan en México por eliminar el mismo sarro que originó la pudrición del sistema económico y político allá en Argentina. Ya vimos que la estabilidad macro es importante pero no es suficiente, quedan tareas estructurales pendientes por empujar. El sarro está a la vista de todos, a la luz del día, para que luego no digamos que no nos dimos cuenta o que el tiempo nos ganó y nos tomó por sorpresa.
Este tema da mucho de que hablar, continuaremos más delante.
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