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Parece que no sienten. No los vemos llorar ni quejarse. No conocemos que situaciones los hacen, reír, cantar o sufrir, cuáles son sus deseos y anhelos, cuáles sus valores y sus principios.
Los vemos reír y pensamos que son simples, ignorantes o tontos. ¿Por qué no pensamos lo mismo de un japonés cuando nos mira de la misma forma que el indígena: inexpresivo, atento, silencioso, tratando de comprender lo que decimos? Suponemos que el japonés está pensando para después dar una respuesta inteligente. El indígena hace lo mismo, mientras observa y escucha está razonando, como un niño cuando trata de comprender la difícil forma de pensar de un adulto.
Cuando hablan con la gente de la ciudad, su semblante hermético solo refleja la dificultad de comprender otro idioma, una manera diferente de ver la vida, una realidad diferente, un sentido del humor y un razonamiento distinto al nuestro.
El indígena piensa dentro de su marco de referencia. Nació en un mundo libre, sencillo, con la energía de la naturaleza, tiene desarrolladas sensaciones que el hombre de ciudad ha perdido; conoce de cosecha, de plantas y legumbre, de lluvias y de tierra. Sus sentimientos son encontrados, quizá se pregunta por que está en un mundo que es tan distinto del suyo.
Las mujeres indígenas sufren mas que las mujeres de ciudad: pierden 3 o 4 hijos antes, durante o después del parto, mas este hecho no lo razonan, solo lo viven y se conforman, desconocen que sus hijos no tienen por que morir. Su estilo de vida no les permite detenerse a mirar su tristeza, se la tragan, piensan que así es la vida ya que no tienen el punto de comparación de una vida mejor.
Los adultos indígenas en su casi absoluta mayoría sufrieron desde niños desnutrición en algún grado, así que su intelecto muchas veces esta mermado o ha sido poco estimulado.
Sin embargo, los indígenas se han adaptado a las grandes ciudades adoptando costumbres urbanas a través de la transculturación. Comienzan a vestirse igual que el citadino, escuchan la misma música, acuden a centros nocturnos o discotecas, compran en grandes almacenes, van al cine, cambian su ropa y calzado; especialmente los hombres cambian su peinado, utilizan productos más sofisticados, como shampoo para el cabello, jabones aromáticos, desodorante-antitranspirante, barnices de uñas, algunas mujeres hasta tintes para el cabello. Su alimentación también cambia, se vuelven aspiracionales ciertos productos procesados, y llegan a rechazar lo que se come "en el pueblo" o "en el rancho".
Entonces, cuando van a su lugar de origen se sienten incómodos, comparan ciertas comodidades como el agua corriente, la luz eléctrica, la limpieza, el espacio, el clima artificial, las actividades, el cine, el baile, el bullicio de la ciudad y desconocen poco a poco su origen.
En la ciudad los grandes lugares de compra se vuelven tan atractivos como los mercados aun cuando éstos siguen siendo una de sus primeras opciones, ya que se sienten indignos de entrar en centros comerciales, bancos, o cualquier lugar demasiado lujoso para sus costumbres campiranas.
Son pocos los fabricantes que los han volteado a ver como un segmento importante de negocio, aun cuando cada vez mas representan un mayor número en las grandes urbes.
Después de un tiempo en la ciudad, comienzan a elegir, a conocer y a repetir marcas. Tienen programas y estaciones de radio favoritos, lugares de recreo habituales, rutas de camiones, centros de reunión, marcas de refrescos, de pan, de tortillas, y de golosinas.
Muchos conservan su lengua de origen -un lazo de identificación con su gente- y, tal como sucedería con cualquier extranjero de otra lengua, llegan a dominar el español obligados por la necesidad de trabajar.
No obstante, el indígena en la ciudad vive en condiciones de miseria, son los más pobres de entre los pobres. Los albañiles viven en "la obra", duermen en el suelo, cocinan sobre una tapa de metal asentada sobre cuatro piedras, buscan alimentos calóricos y llenadores para poder trabajar la jornada completa con su único instrumento: su cuerpo.
Las mujeres indígenas llegan niñas a trabajar en su mayoría en los quehaceres domésticos o en fábricas. En la ciudad en donde vivo muchas amas de casa salen a trabajar dejando los refrigeradores y alacenas vacíos, dejando a las "muchachas del servicio" sin comer durante todo el día, en ocasiones las encierran, supuestamente para impedir que roben y salgan de la casa, dejándolas de esta forma solas, con el riesgo de que en un accidente no puedan salir o pedir auxilio.
Muchas veces son abusadas por sus patrones en ocasiones con la ciega complicidad de sus mujeres; he escuchado a algunas de ellas contarme que en ocasiones sus mismas patronas les piden tener relaciones sexuales con sus hijos primerizos, a cambio de nada o de un poco de dinero; algunas mujeres estériles le piden a muchachas indígenas embarazadas les den sus bebés, a cambio únicamente del alimento durante el embarazo y la lactancia.
Muchas además, sufren asaltos de parte de gente que abusa de su ingenuidad y sencillez. Los taxistas abusan de ellas, en los camiones foráneos que van a sus pueblos les quitan sus pertenencias, los giros no llegan a sus lugares de origen o no pueden ser cobrados por sus familiares con el pretexto de que no se han identificado apropiadamente.
Sin embargo, el indígena sigue sirviéndonos en la ciudad, marginado dentro de ella, despreciado por la sociedad que los confunde con limosneros, abusados tal como era en la época de La Colonia.
Nadie los defiende, nadie los ampara, nadie los protege y nadie les ofrece opciones dignas de productos y servicios que ellos necesitan.
Y, ante la marginación, el abuso y el abandono, la mujer y el hombre indígena silenciosamente se queda callado, tal como lo acostumbró la vida a quedarse desde niño.
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